Un trabajo reciente del INTA analizó el rol de los productos fitosanitarios de síntesis química en las producciones agropecuarias, popularmente conocidos como agroquímicos. El relevamiento concluyó que es posible “incrementar la productividad y rentabilidad con un menor impacto ambiental, de la mano de una reducción gradual de insumos externos” pero al mismo tiempo confirmó que “la agricultura argentina no puede prescindir completamente de los productos fitosanitarios sin poner en riesgo el volumen y la calidad de la producción”.
El problema no es sólo del presente sino que también involucra las generaciones venideras. Según el documento, para el año 2050 la población mundial alcanzará 9.700 millones de habitantes y por consiguiente la agricultura tendrá que producir 50 % más de lo que producía en 2012; también es cierto que, según las más recientes estimaciones realizadas por distintos organismos internacionales, en el mundo se pierden al menos 1.3 billones de toneladas de alimentos por año, es decir un tercio de la producción total.
En el ámbito agrícola las pérdidas y el desperdicio de alimentos se pueden dividir en dos categorías: los alimentos que no se cosechan y los alimentos que se pierden o desechan entre la cosecha y la venta en origen y ocasionalmente existen productos que no pueden ser cosechados o comercializados debido a los daños causados por plagas o por el clima.
En todo el mundo, aproximadamente 9.000 especies de insectos y ácaros, 50.000 especies de patógenos de plantas y 8.000 especies de malezas dañan los cultivos. Se calcula que los insectos causan un 14% de pérdidas, los patógenos de las plantas un 13% y las malezas otro 13%. Sin el empleo de fitosanitarios la pérdida de frutas, verduras y cereales por daños causados por plagas alcanzaría el 78% , el 54% y el 32%, respectivamente. La pérdida de cultivos por plagas disminuye entre el 35% y el 42% si se utilizan fitosanitarios.
El European Parliamentary Research Service publicó recientemente el informe “Farming without plant protection products” donde expresa que si no se utilizaran fitosanitarios los rendimientos se reducirían, dependiendo del cultivo, entre 19 % (trigo) y 42 % (papa) (Keulemans et al., 2019). En algunos sistemas agrícolas (ej. citricultura) los productores se enfrentan a la necesidad de controlar algunas plagas para poder exportar, o para poder evitar el ingreso de enfermedades como el HLB que de instalarse ocasionarían daños económicos muy severos con el consiguiente impacto social en los territorios donde estas producciones generan numerosos puestos de trabajo.
Por su parte, los ensayos de más de 100 años de Rothamsted Research (Reino Unido) han mostrado un significativo aumento de los rendimientos a partir del control de malezas y enfermedades mediante el uso de fitosanitarios, por lo tanto juegan un papel sensible en los sistemas de producción de alimentos.
LA SITUACIÓN EN ARGENTINA
Localmente el consumo de productos fitosanitarios es de 230 millones de litros en herbicidas y 350 millones de litros en otros productos, que se aplican sobre 36 millones de hectáreas cultivadas. El uso es creciente y sólo para tener un punto de comparación, hace 20 años se consumían 151,3 millones de litros.
Luis Carrancio –director del INTA Oliveros, Santa Fe–, reconoció que “los agroquímicos son una herramienta necesaria, pero riesgosa” y puso especial atención en “la necesidad de manejarlos correctamente”.
María de los Ángeles Lesman, Coordinadora Regional de la Cámara de Sanidad Agropecuaria y Fertilizantes (CASAFE), aseguró a Ámbito que la entidad no sólo representa a las empresas de fitosanitarios, proveyendo uno de los insumos mas fuertes de la producción sino que además conecta con el resto de los eslabones con capacitaciones y discusiones sobre seguridad alimentaria, calidad y sanidad de los alimentos”.
Según Lesman, “la OMS habla de inseguridad alimentaria, por lo tanto necesitamos calidad y cantidad de alimentos y los fitosanitarios vienen a dar una ayuda extra para mantener o aumentar los rendimientos. Cuando la usas bien funciona y si la usas mal, no vas a tener buenos resultados como por ejemplo en el cuidado del agua o el manejo de plagas, por eso nuestra propuesta es que se utilicen cuando es necesario y en las dosis adecuadas”.
Uno de los puntos donde la utilización de estos productos cobra mayor relevancia es en la producción de frutas y hortalizas, porque son los alimentos que van directo a la mesa. En este sentido, Lesman destacó que “allí es donde las buenas practicas son obligatorias para la fruticultura desde el año 2020 y para las hortalizas desde 2021, es decir que ningún productor puede trabajar sin cumplir todos los puntos de recomendación porque la cadena de distribución es muy corta entre el productor y el consumidor.”.
Entre las normativas, se destacan la utilización de documentación para lograr la trazabilidad de los productos, que los mismos están autorizados por el SENASA, la utilización de agua no contaminada, pautas de higiene básicas para cosecha y empaque de hortalizas y contar con la asistencia de un técnico que pueda asesorar en buenas prácticas agrícolas (BPA).
Para Lesman, “las buenas prácticas son el mínimo que se pide, pero próximamente se podrá avanzar con certificaciones de calidad, para poder mostrar lo que el productor hace y que pueda abrir las tranqueras y mostrarle al consumidor cómo se cuida la sanidad de los alimentos”.
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