La vida en las Islas Malvinas, más allá del coronavirus

Ambito Nacional

Las islas tienen uno de los PBI más altos del mundo. Hay pleno empleo y los extranjeros llegan a la capital Puerto Argentino atraídos por altos salarios. Pero no saben en qué gastar la plata. Las incógnitas del desarrollo petrolero.

Sábado a las seis de la tarde, es un día soleado. El centro de Puerto Argentino está desierto. Los comercios ya cerraron, y nada tiene que ver el Covid-19. Una caminata breve muestra los carteles de “Close 6 PM” y apenas algunos autos dan vueltas. El volante está a la derecha, como en Inglaterra, y hay que tener cuidado al cruzar la calle, porque la costumbre lleva a los argentinos a mirar hacia el lado contrario en las calles doble mano. Una camioneta con cinco jóvenes aparece varias veces en una hora. Dan vueltas por el pueblo breve y cada tanto le hacen gestos a algún turista.

Normalmente se menciona a los casi 3.500 habitantes de las Islas Malvinas, dos tercios de los cuales viven en la capital Puerto Argentino, que a orillas del mar tiene algunas semejanzas a Ushuaia, aunque en escala miniatura. Los techos de colores, las casas con sus estructuras de madera, cada una en un terreno que la separa completamente de la del vecino. Unas cuatro cuadras en subida por unas quince de largo, el paseo costero pintoresco, el muelle turístico, dos plazas. Hacia el frente se forma una bahía, con una colina al otro lado. En lo visual parece un canal, aunque no lo es.

La población en las islas es en verdad el doble, ya que otras 3.500 personas habitan la base militar Mount Pleasant entre efectivos y civiles que prestan servicio. Son estimaciones de los lugareños, porque no hay datos exactos. Allí está el aeropuerto, donde antes del aislamiento (del mayor aislamiento, en verdad) que impuso a los isleños el coronavirus arribaban los tres vuelos internacionales: el que parte de la chilena Punta Arenas con escala en Río Gallegos, el de San Pablo con escala en Córdoba, y el militar que llega desde Londres con escala en Cabo Verde (África) que tiene unos 25 lugares reservados para los civiles. Las opciones desde Argentina cuestan entre 800 y 1.000 dólares, lo que explica la baja concurrencia turística desde estas pampas. También está el aeropuerto de Stanley, más cercano, bombardeado por los ingleses al inicio de la guerra y que hoy funciona para avionetas.

La distancia entre Mount Pleasant y Puerto Argentino es de una hora de auto, en una ruta que semanas atrás estaba en plena obra de asfaltado, con un grupo de obreros que, según el chofer, eran filipinos. La enorme base militar y la capital isleña son dos mundos separados. No sólo por las distancias, sino también porque prácticamente no hay cruces entre sus habitantes. “En el último tiempo le prohibieron a los militares venir a Stanley (así denominan a Puerto Argentino)”, dice un isleño. Y agrega que las peleas en los bares eran moneda corriente. “Bajaban con hambre los muchachos”, confirma luego un chileno que trabaja en las Malvinas desde hace un año. De todos modos, aconseja al grupo de argentinos, unos catorce excombatientes enviados por el gobierno de San Juan y otras diez personas entre funcionarios y periodistas, no pisar los pubs de noche. “Los isleños ganan mucha plata y acá no tienen en qué gastarla. Van a los bares y terminan a las piñas”, afirma. Ante la pregunta sobre si ser argentinos representa un riesgo adicional, responde que no. “Por ser una cara nueva tienen más chance”, dice. Aunque, si hay ganas de ir por una cerveza, recomienda el Globe antes que el Victory, donde hay carteles internos donde advierten que los argentinos no son bienvenidos. Esos dos son los principales pubs. Hay cierto movimiento a la salida de los trabajos, a las cinco de la tarde, y a las nueve de la noche, después de la cena tempranera, entre las seis y las siete.

“Aquí no existe el juego, ni las drogas ni la prostitución. Pero el alcoholismo es un problema”, manifiesta un lugareño. Tampoco hay teatros y el único cine se inauguró hace menos de un año, con capacidad de 50 butacas. El hobby son las salidas al campo y por eso la mayor parte de los vehículos son 4x4, con un aluvión de los viejos y rectangulares Land Rover Defender de los años ochenta, que bien podrían ser considerados un símbolo de Malvinas, como los LADA en La Habana o los Trabant en Berlín. Un dato de color: no existen semáforos en todo el territorio. En Malvinas las concesionarias son dos: una Land Rover y otra Mitsubishi que funciona en la estación de servicios.

El campo de deportes está al lado del colegio y a espaldas de la casa del gobernador, la que tomaron los soldados argentinos el 2 de abril de 1982. En un par de partidos vistos al azar, los isleños son más que flojos para la práctica del fútbol. Parece que se vuelcan por la natación, además del manejo off road. Con los ahorros de una vida replegada, en especial en el largo invierno, suelen hacer viajes internacionales todos los años.

También hay una cárcel, que hoy tiene doce presos, ocho de los cuales están por causas de pedofilia, otro de las alarmas en el pueblo. Y un prófugo: un agente de viajes argentino que se enamoró perdidamente de una cordobesa y desapareció sin rumbo conocido. Cada día, hasta el coronavirus, llegaban viajeros que lo esperaban en el aeropuerto en busca de sus servicios con comprobante de pago en mano.

Costo de vida

En las islas hay apenas un colegio primario y otro secundario. Son públicos, claro. Quienes quieren seguir estudiando viajan al Reino Unido, con un esquema de subvenciones del gobierno. Un porcentaje menor no regresa, aunque la mayoría sí los hace. Atraídos por la calma y los sueldos altos que se pagan en la isla, dicen.

Los salarios iniciales son de unas 1.200 libras, aunque el promedio sube a unas 2 mil. La situación es de pleno empleo e incluso hace falta mano de obra. Por eso tantos chilenos o los obreros filipinos. Chile es el origen de la mayor parte de la inmigración, con 5% de los habitantes. Algo menos son los oriundos de la isla africana de Santa Elena, famosa por haber alojado a Napoleón en sus días finales. Es otra colonia británica y donde hacía escala el vuelo de Londres antes de enrocarla por Cabo Verde. Los extranjeros en total ya superan los 600, de 45 nacionalidades. Sin contar a los británicos, unos 1.100. Los argentinos son treinta, aunque en el censo de 2017 figuran los cinco con domicilio permanente.

Uno de ellos se dedica al turismo, una de las actividades que más creció en las Islas Malvinas. También tiene una empresa de construcciones y su esposa trabaja en el aeropuerto. “Los sueldos son altos, pero también es caro el costo de vida. Un alquiler está alrededor de 2.000 libras y construir una casa, cerca de 200 mil. Por eso, muchas parejas se unen para alquilar una vivienda entre varios”. Los servicios no son baratos tampoco, en especial Internet, que es satelital. No existe el wifi gratis ni siquiera en hoteles y restaurantes, donde venden tarjeta de una hora de conexión a 5 libras y de 24 horas a 30 libras.

La libra de Malvinas es la moneda de curso legal, aunque en la vida diaria se entremezclan con las libras esterlinas, que tienen el mismo valor. Hay un banco donde conseguirlas, frente a la estación de bomberos, donde además se llevan registros de todo tipo. En esas manzanas se concentran también las dos iglesias (una católica, otra protestante), la comisaría y uno de los dos supermercados, donde los precios no distan demasiado de los argentinos, excepto en productos frescos, como carne o verduras, que llegan importados en general desde Gran Bretaña.

A pocas cuadras del centro de Puerto Argentino se ven barrios en construcción. Hacia la ruta que va a la base militar y también hacia el otro extremo, en camino a Monte Longdon, el escenario de las batallas más crudas de la guerra de 1982, donde aún se conservan rastros del conflicto.

Algunas de las construcciones prevén el arribo de cerca de 300 personas a la islas: en Malvinas la mirada estratégica gira en torno al petróleo y a los posibles desarrollos off shore. Hoy están en duda por la caída del precio internacional, que hace inviable la extracción de crudo costa afuera, más costosa que la actividad tradicional. El arribo de los empleados petroleros aparece como uno de los desafíos más importantes para los isleños, acostumbrados a la calma y a la tranquilidad.

Hoy, la principal fuente de ingresos son los permisos pesqueros, que llevaron a que ese territorio tenga uno de los PBI per cápita más altos del mundo. Estimaciones de hace dos años lo ubicaban en torno a los 120.000 dólares, contra unos 57.000 de los Estados Unidos, por ejemplo. Otras mediciones lo estipulaban en 80.000 por habitante. El turismo, la industria de la lana y en menor medida la ganadería son los otros sectores que dinamizan la actividad económica en Malvinas, aunque todo podría quedar desplazado si se hace efectivo el inicio de la extracción hidrocarburífera, uno de los puntos más conflictivos con el gobierno de la Argentina.

Tierra

Nada en Puerto Argentino hace referencia a “Malvinas”, ya que todo allí dice Falklands, inclusive el sello en el pasaporte, documento obligatorio que los argentinos deben llevar para ingresar a las islas. La única referencia a nuestra denominación es el principal hotel de la capital, el Malvina House. Según dicen incluso los folletos de las habitaciones, se llama así en homenaje a la hija del constructor de ese hotel, en el siglo XIX, y sugieren que nada tiene que ver con las Malvinas. De hecho, están prohibidas en la isla cualquier referencia a Malvinas, así como llevar insignias argentinas, ya sea una bandera o una camiseta de fútbol. Tampoco está permitido volver con tierra, piedras y, mucho menos, objetos encontrados en los campos de batalla de 1982. Al retorno, implacables oficiales de la base militar revisarán de forma minuciosa. Una advertencia insistente durante todo el viaje.

Los isleños están pendientes de lo que pasa en Argentina, mucho más ante el avance petrolero. En un edificio enfrente del Malvina House funciona el museo de la guerra, con la mirada isleña/británica y, cerca, la Asamblea Legislativa, de ocho miembros.

El periódico local, el Penguin News, está también frente al hotel. Con sueldos de entre 1.800 y 2.500 libras, trabajan cuatro periodistas de lunes a jueves y el viernes está la edición impresa en la calle con una tirada de mil ejemplares, más una distribución por PDF a Gran Bretaña. Está dirigido por una suerte de ONG para darle cierto respaldo de objetividad. Uno de los periodistas, un español que llegó a Puerto Argentino en su infancia, dice que es una incógnita cómo será la relación entre el gobierno isleño y la gestión de Alberto Fernández. Sus dichos fueron anteriores del gesto de Cancillería de ofrecer ayuda (no aceptada) a las islas ante el corte de las rutas aéreas por el avance del coronavirus, con un caso sospechoso en Puerto Argentino conocido en los últimos días, posterior al viaje que originó esta crónica.

El temor al Covid-19 se notaba en el cierre de las regalarías (donde predominan los pingüinos de peluche y souvenirs británicos como los que se venden en Londres) para evitar el tráfico de turistas, pero sin mayores precauciones en el resto de los comercios. Tampoco abrió sus puertas una de las estancias en Ganso Verde que funciona como casa de té y de venta de artesanías. Allí estaba prevista una parada tras la visita de los excombatientes al cementerio argentino de Darwin. En Ganso Verde hubo también combates tras el desembarco inglés en la Bahía San Carlos, a pocos kilómetros, y donde se encuentra el memorial británico a los caídos en 1982. Parte del circuito del turismo “bélico”.

El turismo no bélico: estancias, las pingüineras, playas de arena blanca y mar azul (la mayoría no se pueden visitar por seguir minadas desde hace 38 años), el faro de San Felipe y algunos buques abandonados hace más de cien años, donde se destaca el Lady Elizabeth. Los tours son en general de una semana, ya que cada ruta tiene frecuencia semanal. Si el viento sopla fuerte, la estancia se puede alargar, hasta que el avión tenga garantizado el aterrizaje.

A mediados de marzo, a las siete empieza a bajar el sol de golpe. Los isleños están terminando de cenar. Hace frío. Demasiado para los días finales del verano. Puerto Argentino, que nunca se enciende demasiado, se termina de apagar.

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