Ocasionales gotas de humor ácido, más que negro, sazonan el desarrollo de “Carbón”, un film brasileño con participación argentina. También tiene algunas gotas de sangre. En la piscina de una mansión hay dos muertos de bala, y un tipo maquillado de muerto para las fotos. Se trata de un narco perseguido por la Justicia. Para engañarla fingen su asesinato y lo esconden en una casa de familia pobre, en las afueras de Joanopolis, un pueblito conocido como “capital do lobizomen”. Según explica un chico, el lobizón brasileño es como el “familiar” de los ingenios tucumanos. Esto es tan discutible como el cuento de Aristeo y el árbol podrido que el cura del lugar dice haber leído en la Biblia. Lo que no se discute es que la tal familia es medio disfuncional, por decirlo amablemente, y que, por la plata que le darán para alojar al narco, el ama de casa es capaz de mandar a su padre inválido al horno de la carbonería. Alguna vez ella fue consagrada Miss Lobizona 1995, viejos tiempos. Y otra vez entró a sospechar que su amiga, que tiene una madre inválida, también anda en las mismas que ella.

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