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1 de marzo 2023 - 00:01

Cibrián Campoy: “Heredé de mis abuelos la lucha que es vivir del arte”

Debuta en Timbre 4 la semana próxima y asegura que el teatro cambió: “Antes con 5.000 espectadores eras un fracaso, hoy 2.000 son un éxito”.

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Off. “Es un error decir que es chico, es grande hasta que no se llena”.

“Mi mamá era una mujer que improvisaba sobre el escenario, siempre dentro del personaje, lo cual me parece terrible. Era muy difícil trabajar con ella, en las tres veces que trabajamos juntos me tuve que ir del escenario porque no podía aguantar la risa de mamá, las cosas que decía y que luego se enojaba cuando me iba y yo le decía que no podía delirar tanto aunque lo hacía maravillosamente. Eran carcajadas que pegaba el público y yo. Papá era un aristócrata del teatro, le costó mucho y no pudo aceptar nunca la mediocridad en que se iba convirtiendo este arte. Mamá trabajó desde los 4 años y se adaptaba fácil, papá no y le costó la vida...”, evoca Pepe Cibrián Campoy, quien estrena “Pepe con Pepe”, un espectáculo intimista en homenaje a sus padres y su historia, el 11 de marzo en Timbre 4.

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La obra busca mostrar el lado B de la un actor en escena, recorrerá sus inicios, su vocación, la vida en el teatro y su lucha contra el cáncer, entre otros temas. El viernes pasado Cibrián sorprendió a los vecinos de Recoleta cantando a la gorra en la entrada de un shopping. Atento a que las redes son el mejor boca en boca, Pepito cantó y se sacó fotos con los presentes. Conversamos con Cibrián Campoy.

Periodista: ¿Cómo eran sus padres y abuelos, qué huellas dejaron?

Pepe Cibrián Campoy: Ambas familias pertenecían a una dinastía de actores de siete generaciones. La familia de mi padre, Benicio Cibrián y Pepita Meliá, eran dos actores muy famosos en España en esa época. Benavente o Ariel Poncela escribían para ellos, mientras a mi papá lo mantuvieron pupilo durante toda su infancia y adolescencia para evitar que fuese actor, cosa que igual fue, a los 19 años. Mi abuelo Benicio era un hombre con mucha prestancia, muy seductor, y creo que eso lo heredé un poco de él, ese tirarse a la pileta y delirarse. Mi abuela era más pudorosa, muy bella. Los padres de mi madre eran actores de la legua, muy pobres, mi abuelo contador, mi abuela muy buena actriz que cuando la contrataban y juntaba un poco de dinero se iban a algún lado, por ejemplo Villanueva, pueblo de pescadores en esa época, y se quedaban hasta que se les terminaba la plata. De ellos, mamá y mi tía recibí ese adaptarse a cualquier situación y a la supervivencia. En definitiva todos me lo dieron porque el actor es un aprender a subir y bajar, es una profesión inestable y misteriosa con todas sus sorpresas. Todo lo han vivido mis padres y abuelos, tener mucho, tener poco, siempre ambicioné ser una figura, y lo conseguimos. Tengo la impronta de la lucha de la profesión, a como de lugar, tengo más el humor de mi madre y la sapiencia mas concentrada de papá. Recorro el camino del artista que tiene que ver con tocar puertas, la vida nómade del arte, donde un día estás arriba y otro abajo. Y no pasa nada, se vuelve a subir.

P.: ¿Qué cuenta en ese backstage del actor y que el público suele ignorar?

P.C.C.: Los actores somos grandes magos, y eso impacta a la gente o no. Sea porque todos sabemos que la escenografía es de mentira, sabemos que cuando Pepe hace de Lord es Pepe haciendo de. Sabemos que el vestuario es la ropa del personaje. La gente ignora esa magia que tiene pisar el escenario e intentar creer que de la misma manera que el mago saca el conejo de la galera, y todos sabemos que lo saca de algún lugar, cuando lo saca muy bien, y no te das cuenta, ahí esta el gran mago. La gente tiene la ilusión del artista pero son épocas distintas. Cuando era joven, en época de oro del teléfono blanco, que viví con mis padres, eran figuras y el mundo muy alejado de la realidad. Luego se fue convirtiendo en un espacio más cotidiano y cercano a la gente, que a veces piensa que porque alguien trabaja mucho es millonario. Pero vivimos al día o algunos con el privilegio de algún ahorro, pero la gente fantasea que es una vida de lujos sin preocupaciones y nada que ver. El hombre de teatro sea actor, escenógrafo, autor, vestuarista siempre pelea por sus sueños aparentemente imposibles pero que no lo son, basta con golpear puertas.

P.: ¿Cómo evoca su lucha contra el cáncer?

P.C.C.: Recuerdo los rayos, venir al hospital alemán y enfrentarme a esa máquina que para mi era como Disneylandia, porque le agradecía profundamente que si me curaba era la máquina la que me iba a curar. Empezaba a putear a las células cuando sentía los rayos y cuando terminaron las muchas sesiones me despedí con alegría sin saber si iba a dar resultado o no hasta pasados los 3 meses que mostraban si remitía. Traté de no preguntarme por qué a mi sino para qué a mi.

P.: Como Spielberg o Almodóvar que hicieron films biográficos, ¿llegó su momento de rendirse homenaje?

P.C.C.: Sí, siento que merezco ser homenajeado porque he instalado un género en el país que no estaba, más allá de que yo lo hice 20 años antes de Drácula. Ahí se popularizó el género. Voy a cumplir 75 años y me quería hacer un homenaje público, después pensé que somos un país que hace pocos homenajes, en vida y en muerte tampoco. No veo homenajes a Alfredo Alcón, o Niní Marshall, o mis padres. La gente es cálida y generosa pero ese homenaje tiene que ver con lo que se ve en EE.UU. o Londres en grandes teatros donde hay consagrados y desde el palco ven escenas de sus mejores trabajos. Van los reyes y rinden homenajes. No vemos homenajes, los jóvenes no saben quiénes fueron Alcón o Marshall y no es responsabilidad de ellos solamente sino de los gobiernos y secretarías de cultura que no apuntan a la memoria.

P.: ¿Por qué eligió el circuito independiente para su obra?

P.C.C.: Lo hago en un teatro mágico como es Timbre 4 de Tolcachir. Me producen orgullo esos espacios. La gente tontamente pregunta si no es muy chiquito pero es un lugar de 150 localidades, todo es grande hasta que no se llena. Si de un lugar de 20 vendiste 14 es grande y un Lunar Park con 5.000 que quieran entrar 300 más es chico. Puede ser un gran espectáculo como fue “Marica” o “Juana la loca” y que no tiene que ser mucha gente, tiene que ser espectáculo. El off es un placer, no tengo que meter 2.000 personas para que funcione, es menor la presión.

P.: ¿Cómo ve la escena teatral actual?

P.C.C.: Es mágica, tenemos lucha permanente por producir y hacer. Teatros alternativos y gente talentosa que si hacen función semanal a las 4 de la tarde no les importa y así debe ser el teatro, pelear. Los teatros están más flojos, hoy 2000 personas semanales es muy bueno, antes con 5000 eras un fracaso y te sacaban del teatro. Todo se transformó, tiene que ver con lo económico, pero se siguen haciendo cosas. Drácula que costó tanto no es mejor que una obra en el off con una mesa y una vela. Tengo muchas producciones pero lo importante de una obra es como el bizcochuelo, si es rico te lo comés. Después se puede agregar crema, dulce de leche, despliegue, robóticas, pero si la historia no tiene interés profundo da igual lo que le pongas que sigue siendo fea.

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