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8 de julio 2011 - 01:01

Un hábito de la última década

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Schwank y Chela lograron el punto que le dio el pase a semifinales a Argentina.
La historia se calcó como hace exactamente cuatro meses, ante Rumania. El peldaño que había que escalar para meterse entre los cuatro mejores se dio sin dobleces. Juan Ignacio Chela y Eduardo Schwank desataron la algarabía argentina, que por séptima vez en los últimos diez años accedió a las semifinales de la Copa Davis. A diferencia de ayer, cuando el Mary Terán de Weiss lució casi repleto, hoy el caudal de público mermó considerablemente. Alrededor de 7.000 espectadores observaron la anhelada victoria por 6-3, 6-2 y 7-5 en dos horas y cinco minutos ante la dupla kazaja compuesta por Yuri Schukin y Evgeny Korolev.
Tal como lo reconocerían a posteriori los propios protagonistas, no fue una actuación descollante la que ofreció la Argentina. Incluso tuvo que batallar duro para cerrar el match, siempre la parte más dificultosa en el deporte blanco. El primer set resultó bastante parejo. A diferencia de los singlistas, el dobles visitante se mostró más adaptado al polvo de ladrillo. El duo albiceleste recién logró inclinar la balanza en el octavo game y lo certificó con su servicio en el siguiente.
En el segundo capítulo se apreció lo mejor de Chela y de Schwank. Principalmente del rosarino, muy efectivo con su primer saque y punzante cada vez que subía a la red. Fue una incógnita indescifrable para Schukin-Korolev, que por momentos se fastidiaban por la impotencia. Un quiebre en el tercer juego y otro en el séptimo redundó en el 6-2 que indicaba el marcador.
Sin embargo, cuando el pasaporte asomaba ahí, al alcance de la mano, invadieron las dudas. La Argentina se colocaba 2-1 y break a favor para mayor tranquilidad. Pero una laguna se instaló en la dupla nacional. Chela empezó a errar desde el fondo de la cancha y su saque perdió agresividad. Schwank se contagió de la malaria y tampoco pudo escapar del bajón. Para colmo, fue un instante en el que los kazajos se animaron, sin nada que perder. Estaban 4-2 arriba con su servicio y una treintena de fans que vinieron para apoyarlos se hicieron sentir ante la estupefacción del estadio. Fue entonces cuando el público argentino optó por la arenga para despabilar, a fuerza de bombos, platillos y cánticos. Y vaya si surtió efecto. En el séptimo game recuperaron el quiebre y mantuvieron el saque en el siguiente.
El partido volvía nuevamente a su curso. El triunfo asomaba a la vuelta de la esquina. Era cuestión de no desesperarse. Hubo tres match desperdiciados en el duodécimo juego. Pero el cuarto fue el vencido. Un revés de Korolev se estrellaba en la red y, de inmediato, el anunciado festejo tuvo rienda suelta. Al estilo de los hermanos Bryan, Chela y Schwank estrellaron sus pectorales. Mónaco y Del Potro no tardaron en sumarse, empapándolos con champagne. Una vez más, el capitán, Modesto Vázquez, dio en la tecla con la táctica y los jugadores respondieron con pie de plomo. Ahora, la poderosa Serbia de Novak Djokovic, defensora de la Ensaladera de Plata, asoma en el camino. Pero ya habrá tiempo para pensar en el futuro.

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