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13 de noviembre 2007 - 00:00

Abad, candidato a la sucesión del lenguaraz Peirano

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Alberto Abad
Nadie, ni el propio Miguel Peirano -complicado anoche porque operaban de un tumor a su madre, hijo dilecto que comparte con ella el hogar-, podrá negar algunas de sus confidencias (estoy cansado de ciertas luchas, no puedo sostener el INDEC de Guillermo Moreno porque jamás lo aceptará el Club de París ni el Fondo Monetario). Pero ese espíritu quejoso, habitual de las prima donna, bajo ningún aspecto suponía una voluntad para alejarse del Ministerio de Economía. Ni en sueños. Al contrario, en poco tiempo logró lo que pocos imaginaban que podía obtener: convertirse de funcionario transitorio (al reemplazar a Felisa Miceli) en planta permanente. Así se lo comentó a sus ex patrones de la Unión Industrial Argentina el viernes de la semana pasada, agregando: «Estoy bien, todo está perfecto». Nunca manifestó sentirse exhausto.

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Sin embargo, hubo deslices en cierta prensa del fin de semana, autorías sospechosas de frases y, sobre todo, una combinación de factores que hicieron pensar en un Peirano exigente, dispuesto a condicionar a los Kirchner: no sigo en el gobierno -se podía leer- si Guillermo Moreno continúa controlando los precios. Como si para él ésa fuera una cuestión de vida o muerte. Habló de más él, o algún colaborador cercano. Y la ficción de esos episodios enfrentados, estimulados o no, se pegaron a otra realidad: la larga pugna intestina entre Alberto Fernández y Julio De Vido, la difusión de una frase del jefe de Gabinete anticipando que se iría del gobierno si Cristina no despedía al titular de Infraestructura. Sin querer, economista al fin, el mosca Peirano se anotaba en el campeonato de los pesados, casi un tándem con Fernández y, en menos de 48 horas, al bisoño pugilista lo apartaron del ring.

No registró peso en la balanza: quizá le concedan, por cariño, continuar con ella desde diciembre en la titularidad del BICE (Banco de Inversión y Comercio Exterior).

  • Bloqueo

  • Néstor Kirchner no pensaba cambiar a su ministro y, se sabe, confiaba en transferírselo a su mujer. Inclusive, si se dividía la cartera (Producción y Finanzas) -idea que fomentaron poderosas agrupaciones empresarias-, Peirano permanecería en uno de los dos reinos. Pero, claro, los episodios periodísticos -más bien una operación de prensa para llenar de aire la propia iniciativa de cambio desplegada por el jefe de Gabinete- al parecer le bloquearon simpatías en la Presidencia, sea en el mandato a cumplirse o en el de la electa. Por lo tanto, vino el turbión y ya se menciona quién lo podría reemplazar en diciembre: de lejos, el más promovido, es Alberto Abad, titular de la AFIP, a quien varias veces el mandatario le agradeció la tarea en ese organismo. Su esposa también lo reconoce. Parece jaque mate su designación.

    Aunque, todavía, hay cercanos a Fernández -tal vez porque alguna vez les respondió el teléfono- que todavía pujan por el primer premio: de Mario Blejer, a quien le reclamaron opiniones técnicas en estos 4 años y luego se lo olvidaron, a Martín Lousteau, hoy titular del Banco Provincia y con el perfil juvenil que la señora Cristina le desea otorgar a su equipo. Tan puro al jefe de Gabinete que, inicialmente, éste insistió para que Daniel Scioli lo mantenga al frente de la institución bonaerense (logró, por ejemplo, desembarazar la dependencia de los redescuentos del Banco Central, pero poco hizo para limpiar los ñoquis-asesores). Lo asisten a Lousteau otros padrinos económicos más notables, Javier González Fraga y Alfonso Prat-Gay, apellidos que generan cierta irritación en la Casa Rosada (no hay propensión a lo académico ni a los que están con Carrió o Lavagna) y, lo que podría ser una bendición, en verdad se transforma en maldición.

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