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Parecería que ambos temas preocupan al Presidente, y algo respecto de ellos deberá mencionar en la reunión del Foro Económico de Davos que tendrá lugar a fines de enero del año entrante, donde será ávidamente escuchado por gran parte de la comunidad internacional de negocios.
El presidente Kirchner ha planteado este primer mandato suyo como una suerte de «bisagra» entre dos eras o concepciones políticas, asignándole a su acción un tinte «principista» desde el cual pretende combatir la corrupción, la evasión fiscal, el trabajo «en negro», al mismo tiempo en que diseña un nuevo modelo donde debe primar el interés nacional, la soberanía para el crecimiento y la producción con recursos propios, estableciendo supervisión y control sobre la inversión extranjera y respecto de las obligaciones del sector público y privado para con el exterior.
Dentro de tal diseño político se han insertado el régimen de control sobre las sociedades extranjeras que actúan en el país a través de sociedades locales intentando limitar su responsabilidad patrimonial en caso de default o de riesgo político; el combate contra la actuación de las sociedades offshore que esconden capitales argentinos que actúan al margen del control fiscal; y la fortificación de las inspecciones para perseguir el empleo marginal (vulgarmente llamado «en negro»).
El propósito -en su enunciación- es loable, y nadie puede dejar de compartir esta idea de vientos «moralizantes» que parecen querer soplar en la República.
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