Periodista: Wall Street se toma un descanso, en la cumbre, pero un descanso después de una ráfaga alcista furibunda. Sólo en lo que va de febrero, el Russell 2000 escaló el 10%. ¿El cielo es el límite?
Periodista: Wall Street se toma un descanso, en la cumbre, pero un descanso después de una ráfaga alcista furibunda. Sólo en lo que va de febrero, el Russell 2000 escaló el 10%. ¿El cielo es el límite?
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Gordon Gekko: Únicamente para el bitcoin.
P.: La Bolsa amagó corregir, una o dos veces y después se disparó a la suba como un chicotazo. ¿Qué la volvió a entusiasmar?
G.G.: Biden cortando camino en el Congreso. Logró avanzar donde sus predecesores se empantanaron, Trump y Obama. De repente, tendió el mantel de la reconciliación, y la mesa está servida para un programa fiscal que podría orillar 1,5 billones de dólares en marzo.
P.: La reconciliación es un procedimiento administrativo que le permite aprobar el paquete de estímulo con los votos propios. No necesita “reconciliarse” con los republicanos.
G.G.: Tal cual. Pero el marketing político está bombardeando a la opinión pública. Y, dado que se perdieron 9,9 millones de empleos netos con respecto a un año atrás, la audiencia presta atención. No va a ser fácil para la oposición salir con los tapones de punta. Resultará odioso para muchos de sus votantes, además de ocioso. No le sorprenda que Biden sume algún senador republicano.
P.: De la mano de esa convicción flamante de que Biden se saldrá con la suya, surgió una oleada de objeciones sobre la dimensión del plan. Larry Summers, exsecretario del Tesoro de Bill Clinton, disparó fuego amigo. ¿No será demasiado?, se preguntó. Si se gasta todo ahora en estímulo y ayudas, ¿qué quedará para el plan de infraestructura?
G.G.: Años atrás, Summers alertaba sobre el estancamiento secular. No es un timorato. Pero aún para sus gustos extra-large, la talla del plan le parece excesiva. En parte, porque la infraestructura también necesita inversión urgente, y quedaría peligrosamente postergada.
P.: Una vez más. Recuerdo las promesas que hacía Clinton. Sin embargo, prefirió archivarlas a cambio de calmar al mercado de bonos y conseguir una baja de tasas largas que fue rápida y muy propicia para la actividad económica.
G.G.: Ningún presidente llega sin un plan de infraestructura bajo el brazo. Clinton, Bush Jr., Obama. Lo mismo Trump. Era el caballito de batalla de Steve Bannon. Y con la agenda de cambio climático es aún más esencial.
P.: Pero, marche preso. Archívese.
G.G.: La reconciliación sólo se puede usar una vez al año. El año próximo hay elecciones, y los republicanos no se prestarán a un acuerdo. Y habrá que subir impuestos para fabricarle el espacio fiscal que reclama Summers. No es imposible, pero no será nada fácil.
P.: Sin ánimo de alarmar, Olivier Blanchard, ex economista jefe del FMI, avisó que los riesgos de inflación empiezan a ser considerables.
G.G.: Entre el paquete de 900 mil millones de dólares que se aprobó en diciembre, éste en vías de sanción, y los ahorros acumulados preventivamente por las familias durante la pandemia (que podrían volcarse al consumo), la demanda agregada podría crecer tres o cuatro veces más que la brecha de producto.
P.: Es decir, tres o cuatro veces más que el tamaño del desempleo y la capacidad instalada ociosa que tiene la economía.
G.G.: Así es. No es mal punto.
P.: Yo diría que es el punto final a la discusión. ¿O no?
G.G.: Se repite el debate interno que hubo en la Fed entre Janet Yellen y el resto de los gobernadores tras la crisis de Lehman. Sólo que ahora la Fed de Powell está convencida, ella tomó el timón del Tesoro y embarcó a Biden y al partido demócrata en la causa. Lo último fue sencillo: el trauma del Tea Party dura hasta el presente. Por eso, se busca una recuperación rápida y rotunda. Yellen señala que el pleno empleo está mucho más lejos que lo que se piensa. Aquella vez tuvo razón. Ahora está multiplicando la apuesta.
P.: ¿Y si se equivoca?
G.G.: La Fed aplicará el freno de mano. Y chau bonanza en la periferia.
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