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Conviene recordar a cierto cúmulo de entusiastas que están pagando cualquier precio, por muchas «cualquier cosa» que están cotizando, que el milagro de la «licuación automática» y un volver a vivir mágicamente limpio y diáfano en los activos y pasivos no existe. Que se podrán licuar ciertas deudas de orden interno, pero para muchas el grueso está en deudas externas -en forma de ON- y no hay mucho interés en tales acreedores de quedarse «pesificados».Y respecto del futuro inmediato de la actividad, también hay que tener mucho cuidado en las ilusiones. Porque lo primero que se necesita para aumentar las ventas es tener demanda: una raza que está siendo cada vez más raleada, a lo largo de todos los rubros. Entre tanta manifestación, quejas, marchas y contramarchas, el otro feriado se fue extendiendo y comiéndose otra semana, donde todo es simple actitud expectante, y cuando uno está con la boca abierta, atento y presto a ver qué aparece... es el punto de menor actividad humana. El país tiende a paralizarse cada vez más, se da luego de haber querido emparejarlo todo, equilibrarlo -como intentaba explicarlo el ministro en su discurso- pero todos están disconformes por algo. El que logró ver pesificada su deuda en dólares, a uno por uno, también quiere la cuota fija y no indexable. Con lo que se establece la clara intención a la inversa: si se logra, en cierto tiempo habrán licuado sus cuotas en desmedro del acreedor. Acreedor malo, deudor bueno. Ganadores malos, perdedores buenos. Como la presión es cada vez mayor (y a los medios también les viene bien sumarse a la caravana y crucificar a empresas, o a prestamistas), la resultante que tal vez lleguemos a coronar sea: un país lleno solamente de «buenos deudores, perdedores». Sin capital, sin crédito, sin ideas y sin poder crecer.




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