1 de marzo 2002 - 00:00

Cupones bursátiles

Impuesto al «pecado de haber ganado», cuando todos debían haber perdido para que se hiciera verdad una suerte de justicia social, inventada por los que están tranquilos si es que a otros les va como a ellos: si es que les fue mal. Esta última propuesta gubernamental, solamente puede tener algún parangón con el intendente de Buenos Aires (Saguier, nos parece...) que propuso el «impuesto a los perros y los gatos». Hay que anotar este último modelo impositivo, en una gaveta donde también está el engendro de pagar por «ganancia presunta», por beneficios virtuales -y aunque ya se esté en la peor de las pérdidas- y en un IVA depositado al momento de facturar, cuando para cobrar esa factura actualmente haya que esperar no menos de 120 días, con suerte, más la suerte de que el cheque sea bueno (rechazaron un millón de cheques en enero, por un Cavallo generoso que devolvió al ruedo a todos los fallidos. Los que pecaron sin más culpa que el infortunio, más los estafadores clásicos, e irredimibles. De resultas de lo anterior, quien facture debe autofinanciarse durante tres, cuatro meses, y cuanto más facture más deberá financiar: mientras que los deudores, más pueden empezar a dilatar el pago. Si esa factura es impaga, fallida, pues le dicen que se acredite el IVA que puso, allá lejos en el tiempo. Algunas veces debimos utilizar la misma metáfora que emplearemos ahora y el lector consecuente sabe que se cumplió con esa fatídica opción de un gobernante, de un inversor, de un analista, de todo aquel que deba intentar acertar con el camino apropiado...

«Llegará más rápido a la meta el rengo que esté en la senda correcta, que el atleta que no está en ella.» Y así desfilaron ministros, presidentes, todos puestos a veloces atletas: pero, equivocando el camino correcto, el único que lo llevaría a la meta seguro. Y nos parece que es momento de volverlo a utilizar, porque todo en el país se está yendo por las ramas y las medidas que se siguen disponiendo, únicamente acentúan la velocidad de cometer errores, yéndose cada vez más lejos del objetivo deseado.


¿A qué está jugando el mercado? A entretenerse, quizás. A no perder la costumbre de abrir el recinto, operar, cambiar de posiciones y buscar que en la cadena de la felicidad el pase de manos le deje -ese día- diferencias a favor.Así como perderá al siguiente. Y que en la suma de ganadores y perdedores, los primeros sean más... Lo demás no puede existir, no hay modo de dar valor a los activos, ni tampoco imaginar el futuro de esa sociedad en el siguiente trimestre. Tanto se hace imposible, como querer cotizar un dólar contra una moneda inexistente, quebrada, fundida, vuelta a emitirse con fruición, envileciendo lo poco que queda de economía normal...

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