Cuando sus buenos años, la sociedad que hoy ocupa el recuadro de los balances -Central Costanera- llegó a picos de ganancias de $ 68 millones, con niveles de unos $ 58 millones en años previos, y posteriores, a ese 1998. ¿Era el beneficio absoluto, esa utilidad que algunos quieren hacer creer que se esfumó de nuestro país?. No, en realidad, la utilidad operativa casi llegó a 100 millones de pesos en 1998, superó los 81 millones de pesos en 1999: y había pasado de largo esa barrera imaginaria, con 102 millones de pesos de erogaciones por servicios financieros, recortando el beneficio, que se fue a casi el doble cuando los intereses entraron a caminar fuerte, desde 1999. Igual, hay una diferencia importante respecto de los totales mencionados al inicio: ¿qué pasó? Sencillo, lo dejaron al fisco -al Estado- en forma del «Impuesto a las Ganancias». Casi 38 millones de pesos aportados en tal aspecto fue su máximo, con otros dos años rozando los 29 millones de pesos por tal impuesto. Cuando los accionistas de Costanera vieron y tocaron 58 millones de pesos de utilidad, el Estado se estaba haciendo de $ 38 millones para sus arcas. Cifras que nunca se mencionan, más allá de otra serie de impuestos que van teniendo que dejar por el camino y a través de todas las facetas del negocio. La idea de sociedades extranjeras vendiendo y sacando todas sus ganancias del país, a medianoche, en misteriosos vehículos y con los directivos de uñas muy largas, engarfiando sus dedos para llevarse el Tesoro argentino: es el cuento que desde diversos focos de opinión -sin excluir a los políticos en persona, que buscan el modo de desviar la atención sobre ellos- se desea seguir manteniendo. Primero, las que se llenan de oro, mientras todos los demás perdemos...». Al advertirse los pésimos resultados, que ya acompañan a las privatizadas desde el año anterior, se varió el discurso y se las apuntó como: «las que se llenaron en la década donde el país se destruía.» A renglón seguido, sumarle los beneficios de los diez años nunca sumando todas las porciones de impuestos que dejaron para arcas de gobiernos: que se dedicaron a rifar los recursos. Esto es como cuando se ignora, a sabiendas, que la mitad de un costo de un automóvil va al Estado, que casi 80% de un precio de cigarrillos se lo fuma cada gobierno de turno. Y que la mayor parte del litro de nafta no se lleva a ninguna otra parte: que a las pésimas administraciones nacionales, formadas por muchos maestros del engaño y que después derivan el foco de atención a otros, que carguen con culpas. El culto a que «es bueno el que pierde y malo el que gana», nos llevará a un país poblado de perdedores: el punto sin retorno...
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