Llegan balances a febrero, son pocos porque la fecha es de las atípicas. Aunque casi todo pasa ya a resultar poco habitual, a no ser el «cierre diciembre». Los pases que hubo y de empresas de gran porte, como Siderca, dan para pensar en qué ventaja se puede lograr con ese salto de fecha de cierre... prometimos tratar de saber las motivaciones, porque en nuestro medio creer en semejante nivel de «casualidad», entre varias que hacen lo mismo... hmmm. Ya no quedan virtuosas ni entre las violinistas, dijo un malpensado. Y es obvio, y a la vista, que el «piensa mal y acertarás» le ha dado mucho más resultado a los que desconfiaron de lo dicho por las clases gobernantes y sus funcionarios, desde una pila de años a esta parte. Todavía no hemos dado con respuesta que nos suene a argumento creíble, seguiremos intentando saber a qué se debe la moda del cambio de cierre. Pero, decíamos de balances de febrero y hoy nos juntamos con la de una García Reguera, comercial, que ofrece un problema más a los que se han venido juntando en estos años. El inevitable proceso comercial de hoy en día que es tener que recibir «bonos», en lugar de dinero, y procurar que las ventas no se achiquen todavía más: pero, lo que tal vez en volumen pueda sostener alguna cifra decorosa, se va perdiendo al pasarlo a resultado en pesos: porque esos bonos implican un desagio si se los quiere convertir. De ese modo, hay un castigo adicional que nunca se conoció en tales características. Distinto a la etapa inflacionaria, distinto a otra zona donde hubo BONEX, porque el reemplazo de dinero por papeles de deuda -pero, que sea aceptado como dinero- debe ser un derivado singular de nuestra historia, lamentable de estos tiempos. Dentro de semejante pobreza de balances y resultados, se produce el arranque de lo bursátil con un nuevo gabinete económico, buscando hacer pie en otras expectativas y retornando -por lo menos- a la función vital de una Bolsa: «hacer mercado», actuar, unir las dos puntas, inducir a los negocios. Cualquier tendencia, por mala que resulte, siempre será mejor a no tener ninguna. Ni el recinto de luces apagadas, ni el recinto que actúa flotando y sin saber adónde va, son las figuras aceptables. El uno, porque es el negro (que no es un color, sino la ausencia de todo color). Y, el otro, ya que una tendencia vaporosa multiplica el riesgo natural y elimina del circuito a los inversores, dejando solamente lugar al que apuesta a la Bolsa.Y las Bolsas no han sido instrumentadas como salones de apuestas, porque dejarían de cumplir con la misión esencial en la economía de los países: ser vasos conductores de capital, hacer una inversión corta de la que es una larga, proveer capital de costo cero a las empresas. Todo lo que suena a un «abecé» elemental, pero que es la base inalterable.
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