24 de julio 2002 - 00:00

Cupones Bursátiles

Era el propio Adam Smith -«in person»- quien aseguraba que cuando tres o cuatro empresarios se reunían a dialogar: lo que surgía de allí, era un aumento de precios. El mismísimo economista clásico que quedara enlazado a su creación, «la mano invisible» (lindo título para una película de suspenso...) y que resultara uno de los mayores apoyos a los empresarios. Claro que con un giro curioso y apropiado, para que se tire en una sobremesa y meterle palo toda una noche, para ver si los que apoyan la idea, y los que la denostan, pueden entrar en un punto neutral. Usted recuerda, el esquema cerraba a partir de: todos los intereses individuales, por egoístas y crudos que resulten, terminan por dejar efectos benéficos sobre el total de la comunidad. En una palabra, dirá nuestro amigo Pirulo -siempre simplista y práctico-«si usted, mi primo, el vecino, y yo, somos tan agresivos con lo nuestro y nuestros intereses, como para amagar sacarnos los ojos entre todos. Igual hare-mos el bien a la comunidad del barrio, que por una poderosa «mano invisible» (el mercado, claro) habrá de equiparar posiciones, siempre en pro del bien común»... Sería, más o menos así, Pirulo, quédese tranquilo. Pero, el verdadero punto flaco de esa famosa «mano virtual» que todo parece arreglarse, es que no reparte Justicia: sino solamente, eficiencia. Y si el mercado tiene una línea de corte, la misma no contempla principios humanitarios, ni desventajas sociales, o de educación. El discurso de los que se aferran con ferocidad a la única «verdad» del mercado, como un fetiche adorable en el mundo, no es casualidad que siempre resulten los que han sido agraciados por la vida, por la suerte, por la herencia, en definitiva... Por todo aquello que los coloca: en comodidad. Sin embargo, Adam Smith no promulgó nada de eso, no dijo que emanaría del juego libre de oferta y demanda el cáliz milagroso de conseguir eficiencia, con Justicia. Riqueza con distribución, ni nada parecido...

Alguna vez, allá a lo lejos se oía como un martilleo, la expresión de que vendiendo empresas públicas deficitarias, se podrían mejorar sueldos de los maestros, subir jubilaciones, transformar esos lastres, cuna de todos los males de Nación: en una vertiente de oro y plata, esparciéndose sobre la sociedad. Pues, en 2002, habrá que pensar en algún camino que se corrió de lugar y la montaña llevó sus bondades a otras comarcas, porque lo que es aquí, Pirulo, nos hemos quedado sin las empresas y con todas las deudas. Maestros y jubilados no exhiben rostros muy felices, pero los grandes déficit han sido privatizados ¿Es culpa de Adam Smith, de la «mano invisible» que se hizo visible para meterse dentro de la lata? No, pero el asunto pasó por querer desentendernos de lo público, atentos a que esto sonaba como mala palabra y como «antiguo» en el mundo. Somos tan anti-guos, que a las nuestras estatales: las venían a buscar con
estatales de Europa. La verdad, unos fenómenos. ¡Por eso, Pirulo, estamos fenómeno!

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