30 de julio 2002 - 00:00

Cupones bursátiles

Sigue teniendo escasa lectura profunda el tremendo sacudimiento histórico de la Bolsa de Nueva York, no por el derrapar de los precios, algo que es natural a los activos de riesgo puro, sino por los causantes de ello en la ocasión. Cuando aparece el típico «rebote del gato muerto», después de varios días de bajas consecutivas, emergen los remanidos argumentos de siempre. El miércoles se produjo uno de tales rebotes, y para el jueves las opiniones se dividían entre adjudicarlo a «inversores que quieren aprovechar el momento de comprar, por los bajos precios a que se ha caído» y el hecho de «el Senado y la Cámara de Representantes anunciaron que habrán de cerrar filas sobre las leyes vigentes y poder evitar el fraude empresarial o bien imponerles fuertes sanciones a sus responsables». El telón lamentable sobre la principal economía del mundo, el indudable rector, el ejemplo, el «number one» que tiene que indicar el camino a otras sociedades, provenía de «tres miembros de la familia Rigas -la fundadora de Adelphia Communications (TV por cable)- que eran arrestados y acusados de fraude...» Esto sí, un pedido, una súplica, a muchísimos de nuestros propagandistas en el país del ejemplo de la sociedad capitalista norteamericana. No se hagan ahora los tontos. Expliquen cómo es que estos maestros del fraude, la estafa, los desvíos, son capaces de enseñarle a alguien moral y transparencia ética en los negocios. Cuidado y respeto por el inversor, y todas las seguridades que reclaman en otros países, o amenazan con no querer participar, porque provienen de una economía diáfana y son verdaderos sacerdotes de los negocios. No, sin embargo todos los comentarios son los que vienen por cables, y éstos dan cuenta de los aconteceres, de los hechos, de declaraciones, pero sin que se vea una lectura amplia y profunda sobre este dislate que ha quebrado a miles de ahorristas. Que arrastra a millones de participantes en otras Bolsas, que provoca el desparramo sobre los activos accionarios y que ha hecho resucitar nada menos que ¡al oro!.

¿Hasta dónde llega la culpabilidad de este maravilloso drama americano que tan bien encubierto se tiene? Pone en serio riesgo nada menos que un sistema -el bursátil- que se había encaramado tras muchos siglos de bregar y de tratar de conseguirse
confianza de parte de los inversores de todo el mundo. Lo arrasaron de un plumazo vil. No fue un empresario ni una corporación, hay una cadena interminable de trapos sucios de toda índole que afloran desde inicios del año y enmarcan aquella «mágica reacción» de la economía norteamericana, ponderada por Greenspan, y que se convirtió en una lamentable representación. Ni pensar qué se hubiera dicho y escrito si esto sucedía en otra región, pero como es en el admirado mundo de Wall Street, lo mejor es hacer hincapié en las penalidades que se procuran. Y repetir el viejo verso de «allá, por lo menos, los castigan». Sí, pero a la gente la funden igual. (Y también salen mucho antes de tiempo, como Milken.) Chantas.

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