3 de septiembre 2002 - 00:00

Cupones bursátiles

Guido Spano, uno de los poetas de poco marketing, pero mucho valor, tuvo un acierto profético y que cada vez se fue haciendo más bronce (como la letra «Cambalache»). Aseguró que: «La historia argentina no puede escribirse como realmente fue, porque sería desesperante». Remarcamos la última palabra, la notable calificación para cuestiones que -una vez revisados- ciertamente que generan una creciente desesperación. Hoy, esa desesperación ha hecho presa de toda la sociedad, en todos los órdenes, y es como un volcán que no estaba apagado sino taponado, por ese modo de escribir nuestra historia buscando reacomodar hechos, personajes, actitudes, intenciones. Una palabra lo define: desesperante. Por allí, aparece también un Raúl Scalabrini Ortiz, para observar que las revoluciones que se han llevado a cabo se explican siempre como «simples explosiones pasionales y ocurren sin que nadie les provea fondos, vituallas, municiones, armas, equipajes...». Y remata con letal conclusión, sobre el particular: «El dinero no está presente en ellas, porque rastreando las huellas del dinero se puede llegar a descubrir a los principales movilizadores...». Y concluye en que, todo ese modo de eludir responsabilidades, aparece como un buen escenario para alimentar a «ese ídolo insaciable, que se denomina capital extranjero». Se cuentan los sucesos por mitades, se falsean, se eliminan asuntos que pueden catalogarse de «irritativos» y se producen historias revisadas, corregidas, acomodadas, aún de hechos notables que ocurrieron no hace tanto. Pasados unos años, habiéndolos vivido y todavía bien frescos en el recuerdo y en la retina, uno advierte que le han cambiado partes a la película realmente rodada. O parte del nudo, o la trama global, o el propio desenlace. Solamente así se puede concebir que los mismos personajes, que llevaron adelante el grueso de la decadencia, sigan en escena y opinando, dando consejos, criticando. Volviendo a decidir.

El Fondo Monetario, un organismo totalmente desvirtuado de lo que fuera el espíritu con que se creó en Bretton Woods pero -seguramente- menos corroído que nuestro medio, ha dado un puntapié al tablero que nuestro gobierno decía que iría a derivarse a favor de un acuerdo rápido. Las aberraciones de la vida cotidiana, que tomamos como normales y triviales casi, se continúan ampliando. La sensación es que aquello del «pobre contra pobres» puede ser realidad, por cuando todo aquel que tenga algún patrimonio, para poder reinstalarse en otra parte: lo lleve a cabo. Estamos solos en la dura tempestad y como en los geniales versos de Rainer M. Rilke -«La bandera»- percibimos vientos que llegan y tendremos que vivir.
Y nos arrojamos y caemos en nosotros, no vamos a ninguna parte, ni nos ayudarán a hacerlo. El propio Duhalde, en vivencias de su gira, se animó a confesar que: «Afuera no nos quiere nadie. Por el default, porque no le pagamos a nadie...». Ensayamos nuevas ficciones. Desesperante.

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