20 de septiembre 2002 - 00:00

Cupones bursátiles

El asunto Siderca -su caída- no es nuevo en lo que hace al fondo de la cuestión, su valuación sino que puede resultar menos frecuente en la forma. Pero, al entrar en ese campo del «arte de la valuación» de los activos, de las empresas, de las marcas, y también de cosa tan volátil y tan sensible -como «piuma al vento»- llamada Acción Cotizante (las otras, las que son de sociedades cerradas, siempre poseen el valor que le adjudican los que controlan, por eso hubo muchas -y las debe haber- que continúan en Bolsa «para darle un precio de mercado a los familiares», por si un día se quieren, o los quieren, ir), al entrar en ese terreno -empalmamos, tras el paréntesis- lo virtual queda en pie, hasta que se enfrenta con lo real. Y casi siempre existen disidencias, algunas de gran porte, al adjudicar tal valor a los papeles. Además, no es lo mismo un paquete que asegure el control futuro, que otro solamente minoritario. Por último, es demasiado inocente el pensar que los grupos que controlan vayan a valuar para favorecer, o respetar, a las minorías. El caso de Siderca tuvo esa estrepitosa caída consecutiva, porque llegó el precio que se pensaba pagar en esa trilogía canjeable, con la mexicana y la italiana, y la cotización de nuestro mercado: no coincidía. Estaba ida de vueltas. Al tercer día, se niveló bastante la plaza, pero tampoco se puede creer demasiado en esas nivelaciones, porque no se sabe hasta dónde actuó el «oficialismo» para salvar la operación, aun a costa de llevarse acciones a mayor precio. Tranquilizar al soberano es una táctica muy utilizada en todas partes, recordemos las idas de Bolsa donde los grupos dominantes ofrecen más que el mercado, y que el valor contable, con tal de salirse del circuito y que no existan juicios, ni fisgones pretendiendo valuar por las suyas. Después de todo, agregar algunas «monedas» a una operación gigantesca, nunca ha resultado mala fórmula. Hubo ciertos grupos (recordamos ahora nítido a Cargill, llevándose a la Minetti de alimentos), donde la voracidad atravesaba todo. Y se enviaban sucesivos trimestres a cual peor, deprimiendo valores contables, para después querer jugar con el «derecho de receso» pagando precios viles, o superarlo en una oferta que igual era pésima -aunque, mayor al valor libros- ya que venía de trimestres desinflados de un modo tan súbito, como entusiasta.

Las épocas de capitalismo salvaje, más salvaje que nunca, merecen filmar alguna película del mundo financiero empresario para el canal de «Animal Planet»: «y allí vemos al voraz rey de la City, liquidando gacelas minoritarias...». Quien haya leído, visto, relatos de unos cuantos años atrás -que eran bebés de pecho, al lado de lo de ahora- recordarán a James Gardner protagonizando la compra de «Nabisco». O la trama del «Póker del Mentiroso» -sobre Salomon Brothers-, que es un libro, sin hacerse película todavía. Ni qué hablar de lo que se está descubriendo en este 2002, referido a las sociedades de Wall Street.
¿Hay motivo para el asombro?...

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