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La nota del «Washington Post», a quien se suele mirar con unción, resulta una estupidez propia de algún medio con mucho menor prestigio. Porque si todo el problema económico del mundo se resuelve linchando calificadoras, o empalando a vendedores de bonos soberanos, es una fórmula tan sencilla que habría que emplearla de inmediato. Es siempre quitarles responsabilidades a los codiciosos que toman papeles de segunda, o tercera, por la simple tentación de una renta alta. Y, de paso, a los gobernantes que no hacen honor a sus compromisos, o que se quieren desenganchar del pasado, como si no resultare problema a resolver por los del presente. Creímos que la defensa del deudor, lisa y llana, era un mal que se estaba solamente enquistando en nuestro medio: amigo de sacar de los atolladeros a todos, metiendo mano en los convenios, rompiendo cualquier tipo de sujeción a derecho, haciéndole la vida fácil a todo deudor bajo la consigna de: la quiebra no existe. Pero, vemos que surgen aliados y aquellos que han sido intermediarios vendedores, son los responsables coautores del gran desastre. En cuanto vengan algunas empresas con serias pérdidas, o algunos papeles derrapen demasiado, ya sabemos a quién echarle la culpa: al comisionista. Y pensar que en esta columna se acuñó el nombre de «Curro's Brothers», para ejemplificar a calificadoras, researchs, y toca esa industria de la recomendación, que llovía en la Bolsa en los años buenos. Sin embargo, siempre pensamos que el único responsable de un mal negocio es el que lo arma y ejecuta, sin aplicar el raciocinio y medir los pasos. Si se siguen buscando más culpables: no aprenderemos nunca más.



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