11 de junio 2004 - 00:00

Cupones bursátiles

Apagándose en negocios, la plaza bursátil es mudo testimonio numérico de la desorientación que puede estar imperando en el país de estos momentos. Sin bajar en precios, como para sembrar temores que cobran más difusión, seguramente que los medios de información no dan cuenta de modo alarmante acerca de una caída de volumen en la Bolsa, pero pegan el grito si se genera un derrape, más o menos severo, en el Merval. Desde adentro, la cuestión se ve distinta. Siempre, y en cualquier tipo de mercado, el precio es una consecuencia. Y muy poco fiable para medir, sólo por él mismo, una tendencia de fondo. Las demostraciones de fortaleza y de debilidad aparecen desde la caja del negocio. Y ver, como en estos días, perforar los veinte millones de efectivo para una rueda completa resulta enteramente preocupante. Se sabe que no responde en buena parte a motivos intrínsecos, sino que provienen del escenario, pero todo tiene ciertos puntos razonables y que si se traspasan, es como si indicaran una señal más delicada. No vale repasar la actualidad, lo hacemos con cierta habitualidad, y la problemática es bien reconocida por todos los que leen y escuchan. Al momento de redactar estos cupones, se estaba en los umbrales de la reunión del grupo de países europeos, que hablarían del tema del ofrecimiento argentino. Por ahora, aunque así se lo quiso vender hasta de varias publicaciones oficialistas, el mentado apoyo local de los bonistas tampoco ha sido tan manso como se lo deseaba pintar. Quizás, ya ni las amenazas, ni las presiones, estén dando el resultado imaginado. Llega un punto donde los que han oficiado de tontos útiles, por largo tiempo, también sienten deseos de rebelarse. En tanto, se siguen incorporando ideas de los que son siempre gustosos de socializar el dinero de los demás. Días atrás, leímos sobre una reunión de «craneotecos» nativos, hablando respecto del crédito; y varios de ellos, al parecer, no tuvieron ninguna vergüenza en proponer que los fondos de las AFJP se utilizaran para «fondear a empresas a largo plazo». Notable, todavía mucho más que eso, porque eran señores de entidades bancarias que no están dispuestos a arriesgar ni siquiera a mediano plazo y quieren que el dinero que no es de los administradores, sino de la gente que aporta, cumpla con la misión que la banca no cumple: que para eso está.



Esto ya parece un cuento de «Alicia en el país de las pesadillas», con un modo de decir estupideces con énfasis -y que se difundan-por las que se puede temer cada vez más que podamos encontrar soluciones, a nuestro grueso nudo de problemas nacionales.


Imagínese a las AFJP haciéndose cargo de: A) Los bonos que les desea inyectar Lavagna. B) Acciones de esa vidriosa empresa de energía estatal. C) Y, si sobra, disponer fondos para prestarles a largo plazo a las empresas. Después de eso, habrá que preguntar: ¿con cuánta
deuda me jubilo?

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