21 de julio 2004 - 00:00

Cupones bursátiles

Un ministro de Economía de aquellos tiempos, que todavía hoy está vigente en cargos diversos, el Dr. Aldo Ferrer, preparó un complejo vitamínico para sacudir la modorra. Y esto tomó forma en la Ley 19.061, que era simple y directa en cuanto a permitir que hasta 10% del impuesto a los réditos, tanto las personas físicas como las sociedades, pudieran invertirlo en papeles con cotización pública. La normativa, bastante original para aquellos lejanos momentos, imponía ciertas cláusulas que buscaban salvaguardar los fines. Se debía invertir el total del impuesto desgravado únicamente en nuevas emisiones de las sociedades. La posibilidad de tomar acciones ya en circulación implicaba que podía hacerse hasta 50%, siempre que el interesado completara, de su propio bolsillo, el otro 50%. Pero, por encima de todo, estaba la imposición de tener que dejar en cartera, por al menos tres años, los papeles comprados. Como todo era experimental en nuestro medio, se había acordado hacer funcionar el sistema un par de ejercicios. Después, una comisión especial debería evaluar sus efectos y ver de cortar el mecanismo, o seguirlo.

Al ingresar en los '70, recordar que el país entraba en una zona de ebullición política y social -que derivaría en la vuelta de Perón en el '73- sumamente complicada también, para una inversión como la bursátil.

Por supuesto, todo se fue al diablo. Otros funcionarios, otras ideas, recorte de la desgravación inicial. Suspensión del sistema, poco tiempo después un giro total: el envío del proyecto de «nominatividad» accionaria, lo que constituyó un tiro en la frente para un mercado que apenas si buscaba reincorporarse de la chatura. En tanto, esas acciones que debían estar en cartera veían vencer los plazos de veda para su venta. Y vino el reflujo, lo que era vitamina, se convirtió en ácido corrosivo. Llovían paquetes en venta, en una plaza carente de absorción y generando una sobreventa que haría estragos. Rescatamos del olvido esos pasajes, donde se intentó por vía artificial darle un estímulo a una plaza inerte, que no es lo más aconsejable. Pero salvamos el intento por recrear un canal de inversión que fuera a acercar capital a las empresas, permitiendo -bien utilizado- propender a poseer capital fresco, sin costo, para expansiones o aumentos productivos. Si en tiempos más normales esto podía haber completado un círculo virtuoso, no lo sabremos nunca. Pero, al menos hubo intento e idea. No solamente palabras. En 2004, la Bolsa está postrada, ¿habrá disposición por intentar algo concreto?

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