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Por supuesto, todo se fue al diablo. Otros funcionarios, otras ideas, recorte de la desgravación inicial. Suspensión del sistema, poco tiempo después un giro total: el envío del proyecto de «nominatividad» accionaria, lo que constituyó un tiro en la frente para un mercado que apenas si buscaba reincorporarse de la chatura. En tanto, esas acciones que debían estar en cartera veían vencer los plazos de veda para su venta. Y vino el reflujo, lo que era vitamina, se convirtió en ácido corrosivo. Llovían paquetes en venta, en una plaza carente de absorción y generando una sobreventa que haría estragos. Rescatamos del olvido esos pasajes, donde se intentó por vía artificial darle un estímulo a una plaza inerte, que no es lo más aconsejable. Pero salvamos el intento por recrear un canal de inversión que fuera a acercar capital a las empresas, permitiendo -bien utilizado- propender a poseer capital fresco, sin costo, para expansiones o aumentos productivos. Si en tiempos más normales esto podía haber completado un círculo virtuoso, no lo sabremos nunca. Pero, al menos hubo intento e idea. No solamente palabras. En 2004, la Bolsa está postrada, ¿habrá disposición por intentar algo concreto?




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