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Ciertamente, los actos fallidos de un personaje, o una firma, ya sea de inversiones, o solamente empresaria, pueden llamar al asombro únicamente a la gente común. A los que están alejados de todo el entorno de los mercados, que apenas recuerdan algunos pasajes resonantes -de los muchos que se vienen encadenando en estos años- y que creen estar ante una figura incomprensible. Ya sin tecnología, sin globalización, sin tantos instrumentos a la mano, la historia de los mercados posee un duro historial de desvíos y de fraudes resonantes: lo lógico es que a esta altura los casos sean más frecuentes, los controles más inservibles, la cantidad de fórmulas y estratagemas mucho más abundantes. Y si aparece, cada tanto, el estallido de algún caso, hay que suponer cuántos que están en ciernes muchas veces consiguen tener el golpe de suerte que les enderece el barco, y todo quede tapado. Solamente alcanzan la superficie las maniobras que salen y terminan mal. Pero, ¿cuántas que vienen mal de pronto terminan bien y nadie se entera? Que la falta de tiempo necesaria para cubrir las brechas. Que el golpe de suerte que no se presentó a tiempo. Que la desesperación que induce a cometer todavía más errores...