La dejaron picando. Y aunque pateemos el balón afuera, no vamos a dudar en rematar al arco. Si es gol o no, lo decidirá el lector, pero justo cuando decíamos que la historia argentina nunca cambia respecto de sociedades donde tiene que ver el Estado -una especie de secta ocultasurgió en los medios la aprobación para AySA, sancionada en el Congreso. Y se puede recorrer y leer de todo, en lo que se sancionó, menos un punto que podría resultar fundamental para conseguir transparencia y buena administración: que tenga obligación de presentar balances trimestrales e informar de toda noticia de cierta relevancia en su conducción en un foro como la Bolsa de Comercio. El ideal era que se hubiera enviado un porcentaje del capital a la cotización: y en la seguridad de que un servicio monopólico y de primera necesidad es bien apetecible para integrar cualquier tipo de cartera. Pero siendo más que interesante que la empresa pudiera recoger un buen monto inicial para enfrentar sus compromisos y desarrollo, el núcleo de la iniciativa -para un gobierno realmente innovador y claro en sus actos-pasaba por lo otro: que AySA no volviera a convertirse en «coto de caza» de la burocracia sindical, como tampoco otro foco infeccioso de administraciones dudosas (lo que caracterizó al Estado de siempre).
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Con un triple control -además de los naturales- como son la CNV, la Dirección de Títulos de la Bolsa, más los propios accionistas minoritarios, las alarmas sonarían muy pronto. O, también, los elogios ante una buena gestión. Leyendo la nota de nuestro diario se desprenden otros hechos de lo comentado en el Congreso. Por ejemplo, que con lo proveniente de tarifas, en 2006 AySA fue autosuficiente -según lo informado-, pero en la cornisa; apenas como para poder asistir sus gastos corrientes. Esto dista de ser buena noticia; parece al revés, y eso que la sociedad arrancó sin deuda financiera y no debe repartir dividendos. Todo lo que sea iniciativa para hacer algo más que mantener un mínimo punto de equilibrio -como expandir servicios-precisará de miles de millones (y pretendían que los concesionarios hicieran milagros con las tarifas que tenían). Ya se armó una nueva madeja de organismos de control que se desarman, suplantados por otros que se forman, cargos de directores en generosa proporción, dependencias con el poder de manera directa.
Todo posee el perfil de siempre, que esto resulte un pozo negro donde nada se sabrá debidamente, aunque ya es posible que existan aportes extras en facturas para proveer al «elefante blanco» recapturado. Y es absurdo que vendiendo agua, y vendiendo sola, se pueda tener malos balances o déficits graves. Pero mucho mejor si todo pudiera suceder en una vidriera y a la vista de todos. ¿Es tan difícil de entender?
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