Al arribar una noticia desde Japón, acerca de una condena con prisión por «manipulación financiera», nos llamó mucho más la atención el contenido descriptivo de tal procedimiento. El acusado era un empresario de Internet -otra joyita, sobre cómo utilizar mal el medio- que se había convertido en «superstar» de los mercados y hasta reconvertir una sociedad de sólo 50.000 dólares, en un grupo de 6.000 millones de tal moneda. Bien, este señor japonés resultó hallado culpable y fue condenado -el viernes pasado-a poco menos de tres años de cárcel, efectiva. Pero, resulta curioso cómo se llegó a esto. Porque, viéndose acorralado, el acusado quiso descargar culpas en su presidente financiero. Y a lo largo del juicio Horie -que así se apellida el hombre- resultó sumamente insistente en querer proclamar su inocencia.
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Al parecer, tal porfiada lucha por no reconocer los cargos fue lo que lo llevó a una pena efectiva (el fiscal había pedido cuatro años de cárcel). Por allí surgió un señor Keith Henry y que es director de una asesoría, que aconseja a las empresas sobre asuntos regulatorios y políticas en Japón, manifestando: «Si se hubiera quedado callado y aceptado el golpe como buen japonés, no creo que lo hubieran castigado tanto...». Y -he aquí nuestra sorpresa-resulta que en Japón, y ante casos anteriores de delitos de «guante blanco», los acusados salían con sentencias en suspenso en la mayoría de los casos. Por otra parte, ciertos observadores y analistas marcaron que este fallo reflejaba una nueva determinación de los reguladores: en la lucha contra los delitos corporativos. (Si bien esto se contradice con lo anterior, donde se deduce que si el personaje se hubiera mantenido sumiso y callado, seguramente hubiera zafado, como sus antecesores.)
Se lo calificó al cargo como «un delito extremadamente malicioso, que dañó la imparcialidad del mercado de valores». Este señor inflaba beneficios, haciendo ventas falsas a compañías aliadas, más todos los adornos contables que ello suele acarrear. Pero, nos sorprende que un país como Japón, y al que uno supone como de los rígidos y duros para penalizar desvíos de este tipo, que significan deshonra y vergüenza extrema para los involucrados, recién ahora hablen de cambiar el tono y penalizar de modo más efectivo lo que se venía arreglando con condenas en suspenso.
Además, necesitando de asesorías extranjeras para poder darles un marco a sus sociedades y regulaciones, en otro aspecto que tampoco -al menos, nosotros-hubiéramos imaginado. Seguramente que no existirá régimen de penalizaciones como el que aplica la SEC estadounidense, pero los japoneses están muy lejos de haber copiado tales reglamentaciones. (No parece posible, pero casi es como para creer que se copiaron de la CNV.)
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