El precio del «oro» ha llegado a equiparar el que poseyera en sus máximos de casi treinta años a esta fecha: acaso, es una de las escasas variables que se desempeñan de manera ortodoxa, en todo el jardín que se entrelazó últimamente.
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El refugio clásico donde el capital, cuando está sumamente temeroso, acude a echar anclas hasta que la tormenta pase.
Y esto es el testimonio de la práctica más valioso, para el que desee extraer conclusiones que superen a la catarata de dimes y diretes. Un especialista en el tema del oro, director de metales preciosos de la firma Dresdner Kleinwort, también se vio sumido en el desconcierto, al decir: «Cualquier cosa es posible. Avanzamos en aguas desconocidas, debido a que no habíamos estado en este punto desde hace tanto tiempo...». Bien podía resultar frase del titular de la Fed o de los analistas de mercado que intentan seguir describiendo el momento que se vive en el mundo. Decididamente no para algún gobernante nuestro, o el ministro de Economía, los que juzgan que ya todo ha pasado. El mundo está en clama. Y el «señor» da orden de apretar para que se bajen las tasas y la rueda del gasto, y el consumo a todo vapor se robustezca todavía más. Si alguien tiene la mala ocurrencia, como el FMI, de advertir sobre la inflación: se le echarán encima nuestros tigres que todo lo saben, como si hubiera dicho una herejía. En tanto, el mundo sigue andando a ciegas, lo dejan saber en cada declaración los que cambian de discurso a menudo y reconocen -tácitamenteque no hay ningún pronóstico serio que pueda establecer dónde habrán de culminar los periódicos temblores. Los bancos privados que instrumentan esa «red» de cien mil millones de dólares son otra prueba fehaciente de que han sondeado debajo de la superficie y... no les gustó lo que encontraron.
Por otra parte, es cierto que en la actualidad resulta mucho más complicado establecer el foco de incendio y dedicarse a combatirlo. Los mercados, sus interminables derivados de todo tipo, la interconexión de los países y los desplazamientos del capital de pantalla en pantalla, con coberturas, jugadas a futuro, masas que son imposibles de cuantificar y que poseen una velocidad de impacto cada vez mayor, fabrican este enjambre de cables y de cifras. Una crisis actual es toda una madera, como para tirar del hilo y no saber hasta dónde habrá de llevarnos. Lo que se puede semblantear es que la preocupación no ha cedido y que se han ido fortificando las defensas, como si se esperara otro movimiento -más fuerte que el anterior-en cualquier momento impensado. Greenspan, vuelto a la normalidad -después de jugar algunas fichas en favor de Bernanke-, dijo algo muy corto, pero fatal: «Lo peor no ha llegado todavía...». ¿Evaluarán en nuestro gabinete todas estas señales? ¿O seguirán con el país metido en una burbuja, haciendo al revés que los demás? (Política que es de temer. Cuidado.)
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