En tiempos turbulentos y más en el mundo actual, donde las corrientes de opiniones y de información se convierten en cataratas literarias, existe una premisa mayor para toda persona que -naturalmente-se encuentra mucho más ansiosa, que en lo común de sus días de tiempos normales. Ametrallan los medios gráficos con cantidad de páginas, dedicadas a cada nuevo giro que da la crisis económica desde el epicentro del Norte. Y luego, fogoneada por la disparada de alimentos y energía. Pero si el lector deja los diarios y revistas de lado, se verá tapado de más información desde la pantalla de su PC, o bien desde noticiarios o programas periodísticos insertos en su televisor. Lo único medicado, para intentar salvar la salud mental -y, acaso, la del bolsillo inversor-es seleccionar el material. Y discriminar de antemano, cuando se trata de información y/u opinión redundante, superficial, rancia. O con sesgos ideológicos, que no titubean en falsear la realidad y ofrecer tergiversación deliberada, para retorcer las ideas del receptor. Por ahora, dejemos de lado todo lo que involucra, al unísono con lo exterior, a los hechos del Congreso y todos sus derivados. Hoy nos quedamos con alguna reflexión acerca de nota reproducida en «Clarín Económico», con la firma de Paul Samuelson. Leída, y releída, nos cuesta -acaso, por nuestra limitación-a hallarle un extracto que sirva para concluir: qué nos dice, nada menos que quien ha sido renombrado Premio Nobel en materia económica. Por así decirlo, uno de los últimos grandes de la vieja camada y voz prestigiosa, de los años 70 hacia la actualidad. De hecho, es una opinión a la que uno debe seleccionar, atender, analizar el punto de vista. En este caso, ganar el tiempo -no perderlo-que se emplea en tal lectura. Ahora bien: ¿se debe estar de acuerdo en todo, por el solo hecho de ser Samuelson? Confrontarlo se puede. El asunto es si se debe. Nuestra idea es que sí. Con la debida humildad, permitirse uno decir que no está de acuerdo en tal, o cual, cosa es ejercer el derecho a no quedar subordinado a una marca rutilante y a una firma de mucho peso.
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Lo de Samuelson es tentador desde el título, ya que lo focaliza en «Por qué hace falta rescatar a Wall Street». (Y esto, ya lo vemos a esta altura, insumirá no menos que la columna de mañana también.) Su argumento principal no se anda con vueltas: que la tarea de un gobierno es «perder dinero», uniendo esto al motivo de creación de los bancos centrales y haciendo un paralelo con los gastos que demanda la Policía o los bomberos. Amplía, diciendo que es perder dinero no a favor de los «peces gordos», o de especuladores necios, sino a favor de organismos con fines públicos (como los estatales que explotaron). Un buen preámbulo, para seguirla mañana...
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