Fin de semana como pocos, en muchas décadas. Mientras escribimos esta columna, sigue sesionando el Congreso de Estados Unidos y, según oímos, están prometiendo dar a conocimiento un perfil del «salvataje» antes de que reabran los mercados de Occidente. Después llegará la prueba de fuego: saber si el antídoto es efectivo, o si solamente calma los dolores por un lapso y retorna la desesperación, a instalarse y destruir.
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Se podría mediar entre ambos extremos, hasta llegar a suponer que pueda ser el principio de una vuelta a la calma -aunque sea tensa y vigilante- pero que tampoco resulte, así como así, la gran solución que borre lo demás y coloque los ánimos sin la sobrecarga de adrenalina y tensiones. Ha resultado largo y profundo el desgaste de tantos meses, ya las huellas están haciendo mella en la que llaman «economía real» y se han visto decisiones empresariales, que acusan el efecto de una recesión por parte de los mercados, de la demanda. Salvo un milagro, no puede volverse al estado anterior en las expectativas, aunque se quiera sellar el orificio de salida por donde se vino desangrando el mercado mundial. Deberá venir un período de cicatrización, gradual recomposición de los tejidos, para después poder notar que -tímidamente- se pueda rearmar otra base de las inversiones.
Esto es lo que dicta la experiencia de momentos de crisis de alta gravedad, no aquellas que solamente fueron un incendio muy focalizado y de cierta duración razonable. Es que la lectura de lo hondo que se ha podido llegar es lo que causa espanto. Y hasta el punto en que se produjo esa suba geométrica de los desastres armados, en torno a algo tan simple como el viejo y querido crédito hipotecario.
También deberá llegar, tras el «salvataje» si se implementa bien, sirve, es eficaz, el período de reconstruir un escenario para que los mercados financieros y bursátiles, no vuelvan a quedar expuestos a los delirios de grandeza de los irresponsables que -como diría Lee Iacocca- sólo desean «hacer dinero sobre dinero».
Estamos en una zona histórica, presenciando en tiempo real lo que es el monstruoso accionar de una crisis con todas las letras. De ver gobernantes saliendo a pedir de modo desesperado que se aprueben ciertas medidas, amenazando con un rompimiento total de la principal economía del mundo y el efecto arrastre que ello significa. Nada deberá darse por resuelto, ni definitivo, por lo que pueda suceder en primeras ruedas de un anuncio que vaya en dirección de lo deseado. Los ánimos están más quebrados que el propio mercado y la desconfianza es reina y señora. Hay que tener el debido cuidado.
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