28 de octubre 2008 - 00:00

Cupones bursátiles

Uno, como simple lector, no puede acopiar todo lo que aparece en los medios cuando un solo tema se roba el interés excluyente (de la gente y del periodismo). Pero de lo que hemos recorrido en estos días, acerca del polemizado proyecto sobre los fondos de pensión, no encontramos más que un rosario de acusaciones de funcionarios sobre que las entidades «no cumplieron los objetivos».

Expresión sumamente vaga, que luego se hizo más pormenorizada cuando un medio reprodujo declaraciones, acerca de «no se dedicaron a promover la producción...».

Tan bien maneja la oficina de «marketing», que debe poseer el gobierno, estos asuntos para bajarlos a la población, que esos inútiles sondeos de opinión que se hacen en la calle, periodista con micrófono en mano, mostraban gente muy convencida de eliminar el sistema de AFJP, para devolverlo al supuesto eficiente manejo estatal. Si faltaba algún condimento, la Presidente volvió a cargar con la expresión de la «timba» (lo que afirmaba la imagen de que se había estado jugando de mala manera con el dinero). Entre los varios opositores, casi exclusivamente se basaron en dudar del destino que se daría a esos fondos. Pero ninguno fue al centro de la cuestión. Mostrar la «torta» de inversiones de las compañías, para comprobar que con semejante distribución del dinero invertido, no había posibilidad de eficiencia posible. Mucho menos evitar seguir el curso de los activos que integraban tal menú. Mucha de esa gente de la calle tomaría esto en cuenta para llegar a una simple conclusión: la culpa de malas inversiones, que condenaron a malos rendimientos de los fondos de pensión.  

Pero lo esencial de este embrollo -y varias veces lo dijimos aquí- es que hacer una cartera en las entidades resultaba más simple que manejar un subte. Y que hasta un chico de quince años podría armar la misma canasta. Simplemente, porque todas las entidades estaban condenadas a integrar el tipo de activos que se les fijaba, no desde sus propios administradores, sino de aquello que les imponía la voluntad oficial (con expresa lista de porcentuales límite, para cada segmento). Los fondos de pensión eran una especie de «clones» de una misma cartera, solamente difiriendo en la magnitud del capital que manejarán.

Cualquiera que observe esa «torta», y las porciones para cada tipo de inversión, verá que no menos de 60% del dinero estaba radicado en deuda pública, bonos que revistan como los peores del mundo, a través de todas las trastadas que el gobierno ha hecho con ellos, hasta un descrédito total. Ese menú, impuesto desde la instauración del sistema, ha sido el verdadero virus que se fue comiendo los aportes. (Las abusivas comisiones hicieron el resto.)

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