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24 de julio 2006 - 00:00

El campo, entre quejas y las amenazas extremas

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Un grupo de gauchos encabeza la caravana que se realizó en Jesús María, Córdoba, para marcar el inicio del primer paro agropecuario contra Néstor Kirchner.
Jesús María - Aldo Cejas recorrió 130 kilómetros, desde Río Seco hasta Sinsacate, en Córdoba, para ponerse con un puñado de paisanos al frente, a caballo, de la caravana que el sábado comenzó sobre la Ruta 9 el paro agropecuario.

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Cejas produce 300 novillos al año en su campo de 700 hectáreas sobre zona de seca, en el oeste cordobés. Como todos los dedicados a la ganadería, transpira enojo y resignación contra el gobierno, golpeado particularmente por las retenciones a la exportación.

En un viaje simulado hacia el Norte, el malestar se agudiza. Los propietarios de campos áridos, escarpados, poco -o nada- prolíficos para el agro, acusan el impacto de las medidas que ordenó Kirchner, vía Guillermo Moreno y Miguel Campos, para regular el precio de la carne. Apocado, Cejas duda de que la protesta flexibilice a la Casa Rosada. Su olfato no difiere del de los poco más de 500 productores de Córdoba, Catamarca, Santiago del Estero y Santa Fe reunidos en esta ciudad para inaugurar el paro.

Igual, al mediodía, recorrieron 12 kilómetros sobre la Ruta 9, a paso lento, con los diésel y las bocinas como única música, desde Barranca Yaco -donde fue asesinado Facundo Quiroga, el 16 de febrero de 1835- hasta la posta Mal Abrigo, en las orillas de Jesús María.

Aunque alguien mencionó que en 1975, Isabel Perón enfrentó un paro de cuatro días -el más fuerte que se recuerda-, nadie se detuvo en el detalle histórico de iniciar un paro federal a pocos metros del sitio donde fue acribillado Facundo por la banda de Santos Pérez.

Lejos de Quiroga, en la asamblea de Confederaciones Rurales Argentinas (CRA) en esta ciudad reinó un clima combativo y áspero. Si esas voces reflejan lo que palpita el campo, el paro no sólo podría continuar toda la semana, sino que debería sumar medidas más bruscas.

En la sede de la Sociedad Rural, en Jesús María, sonaron amenazas de todo color. Desde bloquear el ingreso a los frigoríficos -Diego Uraña, de la SR de Deán Funes- hasta la desmesura de «quemar la Casa de Gobierno» -un exaltado Carlos Peiretti, de la SR de Canals-.

Pero abundó, ante todo, la propuesta de extender el paro hasta el próximo fin de semana o, en casos extremos, estirarlo durante todo el mes. Hasta ayer, luego de un sondeo en la cúpula de CRA, indicaban que esa alternativa no era posible.

  • Sospecha

    Nada está cerrado y podría asomar una chispa si crece la sospecha de que los frigoríficos aceptaron postergar sus operaciones para hoy -para simular que el paro no afecta a Liniers- a cambio de negociar un precio máximo, conveniente para sus compras.

    Sobre los empresarios de los frigoríficos cayó una y otra vez el castigo de los productores, al punto de que los dirigentes ruralistas les atribuyeron haber hecho «negocios oscuros».

    Con paro o sin él, la actividad podría resentirse el resto de la semana por otro factor: el gremio estatal ATE, crítico de Kirchner, convocó para jueves y viernes una medida de fuerza en el SENASA que llegaría a estorbar las operaciones.

    En el «pack» de protestas sugeridas que escucharon Mario Llambías y Eduardo Roulet, presidente y vice de CRA; Miguel Picat de la Sociedad Rural de Jesús María, y Ricardo Osella, de CARTEZ, más de una enfocó al SENASA: podría ser una opción para limitar las operaciones comerciales.

    Pero sobre todo, la furia se personalizó sobre Kirchner, a quien trataron de ignorante y violento, sobre Campos y Javier de Urquiza, y con inquina contra Felisa Miceli. «Es una pseudoministra que anuncia algo a una hora y al rato dice otra cosa», pegó Osella.

    Se aplaudió luego a rabiar el planteo de elevar un pedido para que Moreno, Campos y De Urquiza renuncien a sus cargos. Se convirtió en uno de los más apoyados entre los pedidos de tribuna; el otro fue el planteo, también recurrente, para crear un «partido rural» (ver vinculada).

    El tenor de los reclamos es, según un dirigente, consecuencia de la «despolítica» del gobierno hacia el campo. «Si hubiese en el área -interpretó- un funcionario con cintura y capacidad de diálogo, nunca se hubiese llegado ni a esta medida ni a este nivel de enojo.»
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