Nadie podrá negar que a Hugo Chávez le falte imaginación. Sea por la sopa excitante de su tierra, el chipichipi, alguna raíz destilada o una condición genética improbable en otros hombres. Ayer, para alimentar la entelequia de los pueblos bolivarianos, hizo tres promesas:
1) Un tren que una a Retiro con Caracas. No dijo si sería un bala, aunque en sus sueños se trate de una extensión del bala Buenos Aires-Rosario que, como se sabe, no le costará nada a la Argentina (lo aseguró hace pocas horas la Presidente).
2) Una línea aérea del Mercosur, sostenida sin duda por países que no pueden unir con aviones sus propias provincias.
3) Volvió al megagasoducto, también Buenos Aires-Caracas, de cuya maqueta hay fotografías de los tiempos de Néstor Kirchner, sobre el que Brasil casi no emitió opinión por respeto a los otros dos gobiernos.
Cristina de Kirchner debió cubrirse de la lluvia antes de
encontrarse con sus pares Lula da Silva y Hugo Chávez,
con la sonrisa de rigor para la foto.
Duró una hora y media la cumbre entre Cristina de Kirchner, Luiz Inácio Lula da Silva y Hugo Chávez en el Salón Ocre del Palacio San Martín y sólo hubo un anuncio concreto: el próximo 6 de setiembre volverán a verse los tres en Pernambuco, Brasil. Fuera de esto, la reunión sirvió para que el venezolano despliegue todo su color bolivariano, ante la paciente mirada del brasileño y la sonrisa de la argentina.
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Chávez llegó a las 16.20 a la Cancillería, e inmediatamente fue conducido hasta el salón donde esperaban Cristina, Lula y los cancilleres Jorge Taiana y Celso Amorim. No perdió el tiempo y desperdigó el rosario de temas que quería tocar en la reunión, y en las próximas cumbres.
Para comenzar, felicitó a Cristina de Kirchner por haber estatizado Aerolíneas Argentinas. Fue más allá, e incluso recomendó profundizar este tipo de decisiones, tomando como ejemplo lo que está haciendo en Venezuela. Lanzó la idea de implementar una aerolínea regional, volvió con el proyecto del Gasoducto del Sur y presentó en sociedad otro nuevo emprendimiento: un tren Buenos Aires-Caracas.
«Felicito al gobierno argentino por la reestatización de Aerolíneas. Sólo el Estado la va a sacar adelante. Lo estoy haciendo con el Banco de Venezuela (propiedad del Banco Santander), la telefónica, el cemento y la siderurgia». Se cuidó en este punto de no mencionar que este último proyecto había afectado a Sidor, propiedad de Techint.
Precisamente, su titular, Paolo Rocca, estuvo a punto de cruzarse con Chávez cuando aguardaba la llegada de su automóvil.
«Podemos avanzar en el proyecto de una aerolínea regional. Unas Aerolíneas del Sur, con Aerolíneas Argentinas, Coviasa (Venezuela) y la empresa que designe Lula», disparó, repitiendo un proyecto que tiene como ideóloga a la embajadora argentina en Caracas, Alicia Castro, antes titular del gremio de azafatas.
Chávez pasó luego a una vieja idea, que parecía haber quedadoen el recuerdo. «Es el momento de retomar el tema del Gasoducto del Sur, que una Caracas con Buenos Aires», lanzó el mandatario que alguna vez, a comienzos de 2005, pareció convencer a Néstor Kirchner y a Lula da Silva sobre la oportunidad de invertir unos u$s 23.000 millones en la megaobra que partiría del Orinoco, pasaría por el Amazonas y el triángulo San Pablo-Rio de Janeiro-Santos, para terminar en el norte del Gran Buenos Aires. El presidente brasileño sufre cada vez que Chávez vuelve sobre el tema. Pero encontró la fórmula para congelar la idea: que la financiación parta del Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), dos de los enemigos elegidos por el venezolano.
Ayer en Buenos Aires, Chávez dijo que el Gasoducto del Sur «fue abandonado un tiempo, pero es momento de retomarlo». Y recordó que Venezuela «tiene las reservas de gas más grandes del continente».
Ferrocarril
Más tarde, Chávez lanzó su tercer proyecto: un ferrocarril que debería unir América del Sur (Caracas-Buenos Aires), aparentemente por dos ramales: uno por el Atlántico y otro por el Pacífico. Serían los propios gobiernos de los países interesados los que financiarían la obra.
Algo intuía Lula sobre el contenido de la reunión de ayer, ya que hizo lo imposible por no estar presente utilizando toda la diplomacia disponible. Al enterarse de que el venezolano vendría a Buenos Aires a sumarse al viaje del brasileño, Lula les anunció a los organizadores locales que en lugar de a las 20 horas, volvería hacia Brasilia a las 17, sabiendo que el bolivariano llegaba a las 19 de ayer.
Después, al conocer que Chávez había adelantado su aterrizaje para las 16, Lula anunció que dejaba Buenos Aires a las 14, porque necesitaba preparase para su vuelo a China (viajará para la apertura de los Juegos Olímpicos de Pekín) y quería pasar más tiempo con su esposa accidentada. No pudo evitarlo. Cristina de Kirchner insistió, y el brasileño debió permanecer después del almuerzo de ayer en el Palacio San Martín escuchando al venezolano y sus megaproyectos bolivarianos continentales.
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