El "desendeudamiento" del '47, según Perón
En la nota «Inspiró a Kirchner el acta de Perón del '47» publicada en la edición del viernes pasado se deslizó un error de información que debe rectificarse. El negociador del «desendeudamiento» de Juan Perón en 1947, Miguel Miranda, no fue ministro de Economía de aquel gobierno sino el presidente del Banco Central, además de titular del IAPI. Miranda era un fuerte empresario en varios ramos, especialmente en el metalúrgico (lo llamaban el «rey de la hojalata») y lo designó en el Banco Central el gobierno de facto de Edelmiro Farrell, y después lo confirmó durante unos meses el electo Perón. Estuvo en ese cargo entre el 25 de marzo de 1947 y el 17 de julio de 1947. Siguió siendo titular del IAPI y del Consejo Económico Nacional de la Argentina. El ministro de Hacienda en ese tiempo era Ramón Cereijo, pero Miranda actuaba como el principal asesor de Perónen política económica. A poco de ser destituido del gobierno, Perón publicó un libro titulado «La fuerza es el derecho de las bestias», editado en marzo de 1956 en Lima, Perú, en el cual hacía un balance de su presidencia y despachaba cuentas con sus adversarios. En el capítulo 2 de ese libro describió su relación con Miranda y cómo encaró en 1947 el «desendeudamiento» que ha querido emular ahora, mutatis mutandis, Néstor Kirchner. Aquí un fragmento.
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El 17 de setiembre de 1946, en el Salón Blanco de la Casa
de Gobierno, se firmó un convenio comercial entre la Argentina
y Gran Bretaña. De izquierda a derecha aparecen el
vicepresidente Jazmín Hortensio Quijano, Juan Perón, el
titular del Banco Central, Miguel Miranda, y el jefe de la Misión
Comercial Británica, sir Wilfred Eady.
Este es mi hombre, pensé para mí... Miguel Miranda era un verdadero genio. Fue allí mismo que entregué a Miranda la dirección económica, creando el Consejo Económico Nacional y nombrándolo presidente.
(...) Con divisas acumuladas por provisión de cereales, armas, carne, etc., durante la guerra, Miranda comenzó a repatriar la deuda externa. Luego me dijo: «General, vamos a empezar por los ferrocarriles ingleses».
Insinuó veladamente por distintos conductos que el gobierno estaba dispuesto a comprar los ferrocarriles. La respuesta no se hizo esperar. Poco tiempo después llegó una comisión del directorio de Londres de los ferrocarriles, dispuesto a ofrecer al gobierno argentino la venta de los mismos. Fueron citados al despacho presidencial y allí, en mi presencia, se desarrolló el siguiente diálogo, después de los saludos y conversaciones de estilo: -«¿Cuánto piden por los ferrocarriles?», les preguntó Miranda. -«El valor de libros, o sea unos diez mil millones de pesos», le contestó uno de los ingleses. Miranda se limitó a sonreír, mirando al suelo. Siguió un largo silencio en el que estuve a punto de intervenir, pero me abstuve, porque entendí que era parte de su táctica. Después de un rato, el inglés volvió a decir: -«¿Y ustedes cuánto ofrecerían?».
-«Apenas mil millones» -dijo Miranda-. «Todo el hierro viejo no vale más», agregó.
Los ingleses se enojaron y se fueron a Londres. Parecía que las negociaciones habían terminado, pero no era así. Cuando los obrerosferroviarios, que se habían entusiasmado con la perspectiva de nacionalización, se enteraron del fracaso de las negociaciones, iniciaron el «trabajo a reglamento», que culminó en «trabajo a desgano». Frente a la perspectiva de fuertes quebrantos, a los seis meses, retornó la comisión, negociadora, Miranda había ya ganado la batalla.
(...) Mientras se negociaba, los ingleses cometieron un error que les fue funesto. Sostenían imperturbablemente que el precio debía ser de ocho mil millones. Una noche, al representante de los ferrocarriles ingleses en la Argentina, mister Edy, muy amigo de Miranda, se le ocurrió ofrecerle una comisión para repartir entre Miranda y yo, de trescientos millones de pesos, que se depositarían en Londres en su equivalente de entonces de cien millones de dólares, si la venta se hacía por seis mil millones de pesos.
Miranda lo escuchó y al día siguiente, «a diana», estaba en casa y me decía: «Presidente, vamos a comprarlos por mucho menos de seis mil millones». Me contó lo ocurrido la noche anterior y agregó: «Si nos ofrecen una comisión para que le paguemos seis mil millones, es porque, sin comisión, podemos sacarlos más baratos». Así como antes había ganadola batalla de la venta, en esta ocasión había ganado la batalla del precio. Se sucedieron las tratativas para fijar precio, pero los ingleses ya habían perdido la partida. Ellos son buenos perdedores porque están acostumbrados a vencer. La habilidad de Miguel Miranda hizo prodigios en esta etapa de la negociación hasta llegar a fijar un precio máximo por todos los bienes directos e indirectos de las empresas de 2.029.000.000 de pesos moneda nacional. No teníamos dinero para hacerlo. En cambio lo tenemos a Miguel Miranda que vale más que todo el dinero del mundo. En él estaban puestas todas mis esperanzas. El me había dicho: «No se aflija, presidente, pagaremos hasta el último centavo», sin un centavo. Efectivamente, así lo hizo. ¿Cómo procedió para lograrlo? Comencemos por establecer que un año antes el gobierno de S.M. Británica firmó con el gobierno argentino un tratado por el que se comprometió a mantener la convertibilidad de la libra esterlina que nos permitía el negocio triangular con Estados Unidos. Con habilidad, Miranda agotó los saldos acreedores argentinos en Inglaterra para repatriar la deuda. Al firmar el contrato de compraventa de los ferrocarriles, estableció dos cuestiones fundamentales, en cuanto a la adquisición y la forma de pago. a) Que se compraban en 2.029 millones de pesos los bienes directos e indirectos de las empresas. b) Que la forma de pago sería al contado y en efectivo con disponibilidades de fondos argentinos existentes en Estados Unidos si se mantenía la convertibilidad de la libra que lo hacía posible, si no el pago sería en especies. Miranda me tranquilizó: «El no sé dónde, tenía la noticia segura que los ingleses, a pesar del tratado, declararían la inconvertibilidad de la libra esterlina». Efectivamente, poco tiempo después lo hicieron y nos salvaron de desprendernos del único saldo acreedor en efectivo que disponíamos. Podíamos, de acuerdo con el contrato de compraventa, pagar en especies.
«¡Cuánto me reí en esos días de los técnicos tan pesimistas como inoperantes e intrascendentes!».




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