El Stiglitz nuestro de estos días
Joseph Stiglitz logró más promoción como economista por su libro «El malestar de la globalización», que por haber ganado el Premio Nobel. En el libro ataca duramente al FMI. Los «progresistas», o sea la izquierda, aprovechan este argumento para exhibirlo como un pensador de su misma ideología. Stiglitz, que fue asesor de Bill Clinton, rechaza ese rótulo y dice que criticar los males del capitalismo no lo convierte en un hombre de izquierda. Es más, se refiere a Estados Unidos como un país con capitalismo humano, distinto al que exporta el FMI. El gran hallazgo de este economista es que atribuye el fracaso de las políticas del FMI, a las altas tasas de interés que pagan los países en crisis, o sea, un concepto de libreempresa porque en los países donde gobernó el comunismo no existía tal tasa ni el «capitalista» (banco o persona) que «prestara». También señala que los salvatajes sólo subsidian el precio del dólar, para que los que fugan capitales los adquieran más baratos. Dos medios lo entrevistaron en su llegada a la Argentina: «Veintitrés» (Ernesto Tenembaum) y «Página/12» (Horacio Verbitsky). Lo importante es que Stiglitz como crítico busca perfeccionar el capitalismo, no suprimirlo como sería el deseo de quienes se embanderan desde la izquierda con él. Tenembaum mesurado y Verbitsky desde el marxismo puro, nunca le preguntan si él iría contra la libreempresa, si él cuando fustiga al Fondo o propugna un Estado más fuerte lo haría tipo «gossplan» del comunismo ruso. Entrevistarlo a Stiglitz para hacerle preguntas desde otro enfoque no valdría la pena para un pensador que está promocionando este libro. Se resumen los mejores momentos de ambos reportajes:
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• La privatización de la seguridad social en la Argentina, que desvió hacia otro lado fondos que de otro modo hubieran ido al Estado, no hubiera estado mal si las cuentas se hubieran manejado con prolijidad. («Aquí perfecto. El mal no es privatizar sino manejar mal 'las cuentas', el gasto público. A Chile le fue y va bien, con gobierno socialista pero serio.»)
• Estados Unidos hace todo lo contrario. Republicanos y demócratas estuvieron de acuerdo cuando la recesión de 1991, en que las medidas tenían que ser expansivas. («No tenían malos políticos. Allí no se cubre desempleo con puestos públicos, nunca se desbocan el déficit ni la inflación.»)
• Cuando se abren las puertas de las importaciones y al mismo tiempo se elevan las tasas de interés y las instituciones financieras no funcionan, no se crean nuevos trabajos sino que se destruyen los viejos. («Lo contrario crea ineficiencia que en EE.UU. no existe. Se encarecen costos con los que empobrece a la gente. Pero es cierto que se abrió bastante mal la economía y totalmente cierto lo de tasas de interés altas.»)
• Oigo explicaciones por parte de ex funcionarios del FMI. Su hipótesis es que es muy importante enseñarles a otros deudores que si incurren en default el castigo será muy pesado. Un chiste dice que el FMI no puede aceptar un sí como respuesta. («Sin comentarios.»)
• Todo el debate es cuánto dinero está dispuesta la Argentina a enviar a Washington. Cuando se entiende esto, toda la retórica sobre tener acceso al mercado de capitales es falso e irrelevante. Los capitales no volverán a la Argentina hasta que su economía no arranque. («Es obvio. No volverán a que gobiernos populistas se lo dilapiden. Pero ¿cree Stiglitz que la Argentina hoy -aun con salarios congelados- puede producir energía a 15% de lo que la produce EE.UU.? Tenemos tarifas a pérdida que descapitalizarán al país. ¿Por qué no pelea por una quita de la deuda externa para los emergentes? Enviarían mucho menos a Washington.»)
• Tenemos que pensar en conseguir dinero en mejores formas que en el pasado. Tratándose de una cuestión impositiva es mejor gravar cosas malas que buenas. Es mejor gravar la polución o los flujos de capital que causan autodestrucción y enorme inestabilidad en tantos países. Llevaría mucho tiempo diseñar un impuesto Tobin (a las transacciones financieras del mundo) que funcione. («Puede ser correcto pero para nada depende de los países emergentes gravar las transacciones financieras internacionales. El control del movimiento de capitales que pregona es discutible frente a las necesidades reales de las Economías Emergentes. Chile y Brasil lo tienen, por caso. Igual los capitales salen si los acosan pero algo habría que controlar, es cierto.»)




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