Néstor Kirchner supone que disfrutará de un resultado arrasador en las elecciones de octubre. O que, por lo menos, podrá presentar de esa manera los números que surjan de las urnas. Lo cierto es que ya comenzó a planificar las consecuencias de esa victoria.
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Acaso la satisfacción mayor que quiere regalarse Kirchner tendrá lugar, si todo sale como él conjetura, el 3 de noviembre próximo, en la reunión empresarial que se realizará a la sombra de la Cumbre de las Américas. Este encuentro lateral se realizará en Buenos Aires o en Mar del Plata (aún no está definido). En otro frente, los hombres de negocios de la Argentina han iniciado conversaciones con funcionarios del gobierno para que, en ese marco, se produzca el soñado arrepentimiento del empresariado argentino por lo ocurrido durante «los '90».
Buen lugar, oportuno, para objetar al capitalismo. Siguiendo, claro, la opinión de Rafael Bielsa, quien calificó a los '90 como la «segunda década infame». Por eso se espera que los empresarios se flagelen delante de sus colegas del hemisferio. No sería la primera vez que lo hagan, tampoco será la última.
Para que un arrepentimiento sea verosímil y cumpla con su efecto, es clave la identidad del arrepentido. El gobierno eligió bien. Se trata de un caracterizado empresario de esos años que se quieren denostar, beneficiario de la desregulación, la estabilidad de precios, la defensa de la libre empresa, la cultura pro mercado, como Carlos De la Vega, presidente de la Cámara Argentina de Comercio y hoy ahijado político de Eduardo Eurnekian. De la Vega no sólo se plegó a esos beneficios, también hasta abogó -entre otros colegas notorios-por la reelección de Carlos Menem. Su texto será -en la imaginación del Ejecutivo-a la vida empresarial lo que el del general Martín Balza fue a la vida castrense cuando abominó del gobierno militar de los '70.
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