2 de julio 2002 - 00:00

Hace falta un liderazgo fuerte

Ninguna solución mágica ni facilista nos permitirá a los argentinos superar la actual crisis sistémica en la que estamos inmersos. En primer lugar porque la actual situación tiene profundas raíces culturales y políticas, por lo tanto no es la crisis de un sector económico o social, es la crisis de todos.

En ese sentido es indispensable efectuar algunas precisiones. La gravedad de la situación requiere asumir la necesidad de establecer una verdadera «agenda de sacrificios» que no es una agenda impuesta ni por el FMI, ni los EE.UU., ni ninguno de los factores externos con los que algunos dirigentes políticos pretenden esconder su propia incapacidad para diseñar, planificar e instrumentar una salida para el país.

Tampoco es la agenda del facilismo, la situación mágica y virtual de la cual pueda desprenderse una salida exenta de dolor y esfuerzo, con la que otros, a través de su discurso, procuran encaramarse como candidatos presidenciales.

Unos por incapaces, ceguera y desconocimiento del funcionamiento del mundo, otros mintiendo a sabiendas, buscan plantear la salida en extremos: rompamos con el mundo que pretende sojuzgarnos y vivamos con lo nuestro o en el otro vértice diciendo yo soy el mago, el ilusionista que tiene la fórmula secreta exenta de dolor para encontrar la salida.

• Subordinación

En el plano de la economía tenemos también una gran falencia para plantear soluciones a la crisis. En primer lugar porque aún, quizás por la experiencia vivida en los últimos años en la Argentina, no se asume que la economía no debe competir con la política, sino que es un área subordinada a la política y, como tal, un instrumento o el brazo ejecutor de lo que la política define como estrategia y curso de acción para la producción, el comercio interno e internacional, las finanzas públicas y privadas, la moneda, la distribución de la riqueza, etcétera.

Hoy asistimos, como si se tratara de compartimientos estancos, a una discusión y debate nacional sobre instrumentos cuando el país presenta serias erosiones sobre los cimientos de sus instituciones. Si dolarizar, si volver a la convertibilidad, si flotar, si, si y si sobre herramientas de política económica sin definición sobre el marco global en el que sería factible aplicar dichos instrumentos. Quizás si no hubiéramos confundido la herramienta «convertibilidad» como si fuera una política de estado totalizadora y excluyente, nos habría permitido aprovechar sus ventajas y producir a tiempo los cambios que eran necesarios para evitar sus rigideces y gruesos desvíos, eludiendo muchos de los males que estamos padeciendo.

Pero no, seguimos adelante y lo peor salimos a las «patadas» del esquema. Este es el más claro ejemplo de haber cambiado los grados de dependencia entre política y economía.

Si los economistas seguimos pensando que, modelando un país y buscando que la realidad «encaje» en el modelo, alcanzaremos la solución a los problemas y, los políticos por comodidad, incapacidad, o cualquier otro motivo, así lo creen, seguiremos equivocándonos. En definitiva, un plan económico no es el único elemento con el cual debe contar la dirigencia nacional para superar la crisis.

Otra discusión, o eslogan, propagado y sobre el cual se debate en la Argentina de estos días, es el que dice que la solución está en que se vayan todos los políticos. Nos hemos preguntado: ¿cuál es el objetivo? ¿para que vengan quiénes? ¿son todos iguales? ¿quiénes y para qué movilizan esta consigna? ¿qué solución proponen los que abogan por esta alternativa? ¿no es acaso ésta una simplificación de la realidad o una rendija ideológica para acceder a experiencias políticas cuyos fines no pueden confesarse abiertamente? ¿que se vayan todos no es el paso previo que permita la anarquía que dé lugar a esas experiencias?

En este sentido hay que plantear seriamente los mecanismos que permitan una verdadera y profunda reforma política que erradique la corrupción, el clientelismo, el oscurantismo, la perpetuación en cargos, subiendo y bajando de rango, con el objetivo de reciclar siempre a los mismos dirigentes, haciendo de la política una actividad de élite cerrada a los nuevos hombres y a las nuevas ideas y conductas.

(*) Director de Fundación Mediterránea

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