16 de julio 2002 - 00:00

Hay que adelantar más las elecciones

Finalmente, el presidente Duhalde comunicó su decisión más acertada: llamar a elecciones. No pudiendo gobernar y no existiendo funcionarios de reemplazo, las elecciones anticipadas constituyen la mejor salida. La reacción de la gente fue de alivio y los mercados se alegraron.

A la próxima administración le deja una herencia de plomo: arreglar los patrimonios confiscados, a los depositantes, acordar el servicio de la deuda pública, recomponer las tarifas congeladas, compensar a los bancos, y a los otros damnificados por su principal instrumento de política: la expropiación de patrimonios y la postergación unilateral de pagos y ajustes. Una suma que podría orillar los 300.000 millones de dólares. A ello se le agrega el restablecimiento de una moneda y sistema financiero, que constituirá una tarea ciclópea, de la que el mundo entero sacará enseñanzas.

Consecuencia de esos desastres es la contracción de los gastos de las familias argentinas, de cerca de 25%, la licuación de riqueza nacional, de más de 70%, y la pérdida de cientos de miles de empleos. Parafraseando a Churchill, «nunca tantos sufrieron tanto a manos de tan pocos en tan corto tiempo». El conflicto social se agudiza día a día, con hambre, muertes y delitos crecientes.

Este doloroso final lo vengo presagiando desde la eclosión de la campaña de «cambiar el modelo», orquestada por una pléyade de opinantes. El hacer caso omiso de la advertencia de Herman Kahn, fundador del Hudson Institute de los EE.UU., de que «la Argentina tira por la borda todo lo conseguido, en forma periódica». Este sino trágico, que impide cualquier avance duradero, lo he estado divulgando desde 1980, en Ambito Financiero.

• Colaboración

Ese riesgo se acentuó a comienzos de 2001, cuando Cavallo inició el proceso de ahuyentar a depositantes e inversores, culminando con el «corralito», la caída del gobierno de De la Rúa y los trágicos sucesos de diciembre. En esa demolición de instituciones, el ministro contó con la asistencia de la diputada Carrió, que denunció irregularidades, nunca probadas, en el Banco Central, retumbadas por los medios de comunicación, de conspicuos miembros del Parlamento y del partido radical, y acabó con la despedida de Pou y la independencia del ente monetario. Desde esta misma columna anticipé las consecuencias del Dr. Cavallo, en varias notas, durante 2001.

Más aún, el libro «Dolarizar: El Fin de las Monedas Nacionales», Ed. Atlántida, explica las consecuencias de abandonar la convertibilidad y del default, sobre los depósitos bancarios, la propiedad y el ingreso nacional, especialmente en los capítulos 7, 11 y 18. Con ese libro, publicado en marzo de 2001, intenté influir para evitar los sucesos que estamos sufriendo. Pero no tuve éxito.

Ahora se impone acortar el período de espera
. El Presidente comprobará los estragos de la erosión del poder y la conveniencia de achicar la impasse. Si bien la política tiene sus tiempos, el hambre disgrega la sociedad y clama por un rápido cambio de timón.

• Ineficacia

En la carrera que se avecina son muchos los anotados. La experiencia de las presidencias argentinas comprueba el principio de Peters. En las organizaciones, en que las personas ascienden hasta ocupar el puesto para el que no están preparadas, prima la ineficacia. Porque los sitiales son de ineptos, que fueron buenos en otras ocupaciones. Existen muchas opciones, pero el pueblo y los inversores necesitamos seguridades. Y funcionarios probados en el éxito. Los comentaristas inclinados a contribuir con la sociedad deben medir sus intervenciones y la ciudadanía ser más precavida. Gobernar la Argentina es difícil. Recordemos que, desde Perón en 1952, el único presidente que cumplió su mandato, y lo hizo dos veces seguidas, fue Carlos Menem. Ni sus antecesores ni sucesores pudieron concluir uno solo. Más que en la reelección, nuestro mayor temor debería centrarse en la falta de continuidad y de gobernabilidad. Cuando las instituciones son frágiles, las personalidades son definitorias.

Estoy concluyendo un trabajo que plantea los elementos para
salir de la pobreza. Esta salida no se instrumenta con algunas medidas económicas. Nuestros problemas calan más hondo. Debemos edificar toda la estructura de la organización social y política. Un entramado que incluye las características de los individuos, las ideologías, la educación, las instituciones, el estado y las organizaciones, los mercados políticos, jurídicos y económicos. Para construir la propiedad y el respeto por el otro.

Diagnóstico errado.
Un ejemplo de diagnóstico errado es expresar que la devaluación falló en su implementación. Con nuestra historia de continuas defraudaciones y de fracasos, la Nación no estaba ni en equilibrio estable ni semejante alteración era digerible. No constituimos una comunidad respetuosa de derechos ajenos y la organización nacional está prendida con alfileres. Pero la peor equivocación es no aceptar que nuestra unidad de cuenta es el dólar. Cualquier intento de cambiar la paridad implica confiscar patrimonios. Haciendo un símil con la física, podríamos decir que, mientras en las naciones cuya moneda es la unidad de cuenta el péndulo es estable, porque pende del tope, en naciones como la Argentina lo que parece un péndulo está apoyado en la base, en equilibrio continuamente inestable. Cualquier pequeño apartamiento lleva al desastre. Esa es la gran diferencia. En medio de turbulencias que destronaron al último presidente elegido, luego de declarar el «corralito», un Ejecutivo sin respaldo popular, sin un programa votado en las urnas, y luego del default de la deuda pública, no podía derogar la norma más exitosa de la historia reciente, la única que mantuvimos durante más de diez años: la convertibilidad. Ni Duhalde ni Remes se pueden culpar por haber devaluado mal. En la Argentina actual, cualquier quiebre de la convertibilidad hubiera terminado con el gobierno.

• Pizarrón

Pero la mayoría de los comentaristas adopta lo que Ronald Coase, Premio Nobel de Economía, denomina la economía de pizarrón. Atribuyéndose poseer toda la información relevante, critican decisiones pasadas. Después de pronosticar y recomendar, se escudan en «fallas de implementación» cuando no se cumplen sus previsiones. Ellos son los que ahora dictaminan que la devaluación erró en su instrumentación. Pronostican el pasado y se esconden, o corrigen, cuando se siguen sus consejos. En «Dolarizar...», por el contrario, advierto que cualquier devaluación y default nos haría más pobres. Sansón deliberadamente destruyó las columnas del templo para aplastar a sus enemigos. Los que recomendaron incumplir la deuda y derogar la convertibilidad no podrían sorprenderse de que todo el edificio, trabajosamente construido, se nos cayera encima.

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