Es sabido que pese a inmiscuirse en todos los aspectos de la Economía este gobierno, pese a lo que presume, no tiene conocimientos profundos para hacerlo. Para colmo, tiene un ministro de Economía, como Roberto Lavagna, cuya principal virtud es « postergar», no ciertamente un mérito porque, además, es muy oneroso. Y no le adjudiquemos -como hace la crítica también simplista haber desbaratado en 2002 la posibilidad de hiperinflación. En verdad, una devaluación brutal -que licuó los salarios- desalentó totalmente la demanda como para que prosperara una suba de precios. Además cortó, ese dólar del uno a uno que pasó de un salto a uno a tres, la «mentalidad inflacionaria» por la cual los creadores de precios los calculaban en dólares así como sus ganancias anuales. El manejo de la moneda tampoco fue mérito de Lavagna sino de Mario Blejer, desde el Banco Central que hizo renacer, tras el estallido de diciembre de 2001, los instrumentos de política monetaria, Lebac por caso.
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Por esa carencia de conocimientos y buenas ideas -no las puede tener el gobierno, salvo- un albur, si se circunscribe, por desconfianza, sólo a hombres de Santa Cruz para redistribuir el producto nacional no ve otra alternativa que fuertes decretazos de aumentos compulsivos que afectan a empresas sin beneficiar los más pobres.
Hay formas más justas de «distribuir» socialmente dentro de una Economía con manejo serio, por esto de no criticar sin brindar alternativas. Por ejemplo, es variante tomar el gráfico 4 (ver pág. 12) y disponer aumentos salariales por sectores con mejor rentabilidad, por caso las siderometalúrgicas que casi han duplicado los márgenes de rentabilidad ( empresas como Techint sería un ejemplo) y mínimo o nada a sectores como textiles o alimentos. No operar así y aplicar aumentos generales es sacrificar a empresas aun no recuperadas, quizá mandarlas a la quiebra o al «negreo» en el pago de salarios. Nada de esto es bueno.
Otra forma ortodoxa y no clientelista de distribuir ingresos es permitir reducir determinados puntos del Impuesto a las Ganancias. Así las empresas que ganen más « distribuyen» más y se mantiene cierto equilibrio productivo sin aumentar el empleo en negro y sin comprometer financieramente a determinadas empresas. Claro, afecta la «caja» oficial, o sea el ingreso fiscal, que para el presidente Néstor Kirchner es casi equivalente al estigma de «traidor a la patria» para quien le proponga algo así, aunque sea conveniente en esta época de superávit.
Hay una tercera forma de distribuir que ignora el simplismo oficial de los decretazos. Pertenece al IDES (Instituto para el Desarrollo Social Argentino) hoy más aggiornado de aquel estatismo de sus fundadores como los radicales Juan Sourrouille, Adolfo Canitrot y hasta Guido y Torcuato Di Tella.
La propuesta del IDES la refrescó en estos días «Edición i». Puede objetársele que busca el IDES siempre defender el ingreso fiscal por añejo amor estatista y castiga a los salarios altos que son los de consumo más variado. Esto, a su vez, genera demanda capaz de reducir el desempleo. Fuera de esta objeción, el planteo es correcto. Veamos este informe.
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