12 de julio 2002 - 00:00

La esperanza requiere cambios

Sobre llovido, mojado: la crisis regional ha venido a sumar sus efectos a la depresión que venía sufriendo la Argentina. Nuestro país y Brasil, trepados a la cumbre del sombrío ranking del riesgo-país, difunden penumbra sobre nuestra economía.

La única forma de sostener -con esfuerzo-expectativas positivas en las actuales circunstancias consiste en evitar una proyección lineal de las tendencias vigentes. Si hiciéramos eso, la penumbra se transformaría en densa oscuridad. Hay que im-pulsar un cambio de tendencia y para esto es indispensable cambiar las ideas que han prevalecido en los últimos meses, que por desconfianza en la economía de mercado y por complejo de inferioridad ante las reglas de juego de la competitividad global, predicaron (y practicaron) diversas modalidades del aislacionismo. Así estamos.

Hoy está claro que esas prevenciones y esas ideas son otra cara de la decadencia. Y, lo peor de todo, un rostro inconsistente. Porque la historia demuestra que a la Argentina no le fue mal insertándose en el mundo, sino todo lo contrario.

• Buen esquema

A fines del siglo XIX y principios del siglo XX -en rigor, hasta la crisis de 1929, que marcó un giro hacia el proteccionismo en la mayoría de los países y también un giro hacia los estatismos totalitarios-, el mundo vivió un período de «protoglobalización», relaciones intensas (para los medios técnicos de la época) y comercio internacional muy liberado. En esa etapa fue cuando la Argentina ocupó el séptimo u octavo lugar en el mundo por su PBI.

Puede decirse que ello ocurrió porque el país buscó y halló un lugar funcional en ese orden internacional y dio con un buen esquema de complementación con las naciones más influyentes, explotando sus ventajas comparativas.

La Argentina actual debe reencontrar su espacio en la globalización del siglo XXI, que es la realidad en la que debe desarrollar su existencia. Para ello debe abandonar el aislacionismo y debe explotar al máximo las cadenas de valor ligadas a aquellos sectores en los que puede convertir ventajas comparativas en ventajas competitivas. Debe, asimismo, abrirse a la inversión (que permite desarrollar trabajo argentino e incorporar rápidamente tecnología de punta), particularmente en aquellos sectores en los que puede aprovechar capacidad instalada, cultura industrial establecida y posibilidad de sustituir eficientemente importaciones.

• Bandera

En lugar de imaginar estrategias estrechas basadas en el aislacionismo («vivir con lo nuestro», proteccionismo, regulaciones antiinversión), la Argentina debe convertir la economía y el comercio libres en una bandera, ya que con ellos llegó a ser uno de los primeros países del mundo... y volverá a serlo.

Hoy no se concibe un país aislado del mundo, porque la tendencia central de la economía mundial es la transnacionalización.

El aislamiento implica pérdida de competitividad sistémica del país, porque separa a la Argentina no sólo de los flujos comerciales y financieros, sino de los flujos tecnológicos, motores del incremento de productividad. La inversión externa incorpora tecnología de última generación y difunde el avance tecnológico en toda su cadena de valor: los productos finales avalados con el criterio de calidad de marcas mundiales necesariamente deben incorporar componentes dignos de ese criterio de calidad.

El papel del Estado reside en contribuir a la competitividad del país, tanto elevando al máximo la eficiencia de sus prestaciones y bajando el costo de éstas como perfeccionando constantemente la calidad institucional de la Argentina (vigencia de los contratos, seguridad jurídica, transparencia representativa, Justicia rápida y objetiva), así como eliminando al máximo las regulaciones e intervenciones burocráticas que obstaculizan la inversión genuina y la creación de empleo. Tales son algunas de las precondiciones para regenerar la confianza interna y externa y estimular así la inversión y la atmósfera productiva y de negocios. Si la confianza no se recrea, no nos quejemos de las consecuencias; modifiquemos las premisas.

Si -como corresponde-se concibe la integración del país en los flujos mundiales de inversión, financiamiento, comercio y tecnología como un eje estratégico destinado a fortalecer a la Argentina, su capacidad productiva y sus posibilidades de generar empleo, bienestar y relevancia internacional, las políticas y medidas particulares que sigan los gobiernos deben medirse como positivas o negativas en virtud de su funcionalidad para la realización de ese objetivo.

En los últimos tiempos, las consecuencias nos indican que esa funcionalidad no existió. Todos los actores del país -y de manera principal los que estamos ligados a la inversión, la producción y el trabajo-debemos contribuir a que esa funcionalidad vuelva a manifestarse. La esperanza también depende de nosotros.

* Presidente de ADEFA

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