La esperanza requiere cambios
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La Argentina actual debe reencontrar su espacio en la globalización del siglo XXI, que es la realidad en la que debe desarrollar su existencia. Para ello debe abandonar el aislacionismo y debe explotar al máximo las cadenas de valor ligadas a aquellos sectores en los que puede convertir ventajas comparativas en ventajas competitivas. Debe, asimismo, abrirse a la inversión (que permite desarrollar trabajo argentino e incorporar rápidamente tecnología de punta), particularmente en aquellos sectores en los que puede aprovechar capacidad instalada, cultura industrial establecida y posibilidad de sustituir eficientemente importaciones.
• Bandera
En lugar de imaginar estrategias estrechas basadas en el aislacionismo («vivir con lo nuestro», proteccionismo, regulaciones antiinversión), la Argentina debe convertir la economía y el comercio libres en una bandera, ya que con ellos llegó a ser uno de los primeros países del mundo... y volverá a serlo.
Hoy no se concibe un país aislado del mundo, porque la tendencia central de la economía mundial es la transnacionalización.
El aislamiento implica pérdida de competitividad sistémica del país, porque separa a la Argentina no sólo de los flujos comerciales y financieros, sino de los flujos tecnológicos, motores del incremento de productividad. La inversión externa incorpora tecnología de última generación y difunde el avance tecnológico en toda su cadena de valor: los productos finales avalados con el criterio de calidad de marcas mundiales necesariamente deben incorporar componentes dignos de ese criterio de calidad.
El papel del Estado reside en contribuir a la competitividad del país, tanto elevando al máximo la eficiencia de sus prestaciones y bajando el costo de éstas como perfeccionando constantemente la calidad institucional de la Argentina (vigencia de los contratos, seguridad jurídica, transparencia representativa, Justicia rápida y objetiva), así como eliminando al máximo las regulaciones e intervenciones burocráticas que obstaculizan la inversión genuina y la creación de empleo. Tales son algunas de las precondiciones para regenerar la confianza interna y externa y estimular así la inversión y la atmósfera productiva y de negocios. Si la confianza no se recrea, no nos quejemos de las consecuencias; modifiquemos las premisas.
Si -como corresponde-se concibe la integración del país en los flujos mundiales de inversión, financiamiento, comercio y tecnología como un eje estratégico destinado a fortalecer a la Argentina, su capacidad productiva y sus posibilidades de generar empleo, bienestar y relevancia internacional, las políticas y medidas particulares que sigan los gobiernos deben medirse como positivas o negativas en virtud de su funcionalidad para la realización de ese objetivo.
En los últimos tiempos, las consecuencias nos indican que esa funcionalidad no existió. Todos los actores del país -y de manera principal los que estamos ligados a la inversión, la producción y el trabajo-debemos contribuir a que esa funcionalidad vuelva a manifestarse. La esperanza también depende de nosotros.
* Presidente de ADEFA



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