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Y hablando de récords, 2005 vio cómo los norteamericanos no sólo gastaron todo el dinero que ganaron, sino que además se vieron compelidos a pedir más dinero prestado y a sacar dinero de sus ahorros, algo que no ocurría desde la Gran Depresión (1932/33). Pero a diferencia de lo ocurrido en aquel entonces, cuando la crisis no dejó otro camino que "desinvertir", esta vez ha sido la sensación de riqueza (la suba inmobiliaria y un mercado laboral favorable) lo que derivó en que los particulares gasten más de lo "que les entró", para financiar la compra de vehículos, casas, etc. (sólo de manera marginal se desvió dinero a formas alternativas de ahorro, como las acciones, bonos, fondos comunes, etc.).
En una economía donde dos tercios de la actividad es responsabilidad del gasto de los consumidores, es claro que esto puede haber sido beneficioso. La gran duda es qué pasará si el costo del dinero continúa creciendo como se sospecha, y el precio de las construcciones comienza a descender. A quien seguramente este tema no le preocupa es a Alan Greenspan, que como las ratas (o los buenos ministros de economía tercermundistas) ha sabido abandonar el barco a tiempo.
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