Eduardo Duhalde no se resigna a que se lo recuerde como el presidente de la megadevaluación. Tampoco a que su gobierno concluya con el aspecto de haber sido un esforzado y defectuoso intento de acordar con el Fondo Monetario Internacional. Por eso el Presidente confía en el lanzamiento de un plan de obras públicas para despedirse. Serían 900 emprendimientos, entre obras de infraestructura y planes de viviendas, financiados con 60% del fondo creado con el aumento de 5 centavos al gasoil. Además de alentar alguna reactivación y de reducción en el nivel de desempleo. Duhalde confía en su programa porque cree que servirá para disciplinar a los gobernadores en la interna peronista contra Carlos Menem. Roberto Lavagna no avala, apenas tolera esta salida más o menos demagógica del poder, que promete consumir el superávit fiscal primario que se alcanzó gracias a la mejor recaudación debido a la inflación. Riesgoso también es que se genere una ficticia y poco duradera suba de la actividad económica impulsada únicamente por el aumento del gasto público y no por una mejora en las expectativas del sector privado.
Eduardo Duhalde jura a casi todo el mundo (subrayar «casi») que no tiene candidato a la presidencia y que será prescindente en la interna del PJ. Como si el proselitismo que él mismo desató le fuera ajeno. No lo será tanto. El Presidente busca salir de la depresión llevando adelante una campaña que, con la excusa de la reactivación económica, le dé a su gobierno un final a la altura de aquel mote que se ganó Duhalde cuando gobernaba en La Plata: «Ramsés II», por su pasión por los ladrillos. También imagina un «salariazo» y un aumento de las jubilaciones mínimas. No se trata de una política económica tanto como de la búsqueda de tres o cuatro argumentos que le permitan recorrer, a Duhalde o a su esposa, la provincia de Buenos Aires sin que el recuerdo de su gobierno nacional se reduzca a la megadevaluación, al interminable «corralito» o a otras calamidades por el estilo. La iniciativa tiene también el tono de una despedida de solteros, antes de abandonar un mandato que fue breve pero mortificante.
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Durante el fin de semana, en Olivos, el Presidente discutió con los principales miembros de su entorno sobre la manera más simpática de anular con gastos el superávit primario de $ 1.500 millones que se alcanzarían con la mejora de la recaudación (y sobre todo por la inflación). En la cabeza del listado está el plan de obras públicas que prepara Hugo Toledo. Se trata del ex ministro de esa misma área en la provincia, hombre que figura en el organigrama del Estado como asesor, pero al que Duhalde le encomienda el emprendimiento económicamente más costoso de lo que resta de su gobierno. Toledo -a quien llaman «chandon», no porque tenga antecedentes chinos sino por su pasión por el champagne-les prometió a los Duhalde la realización de 880 obras públicas, financiadas con 60% de lo que se recauda con los 5 centavos de aumento en el impuesto al gasoil, destinado a financiar obras viales.
Con ese 60% se realizarán las obras, entre ellas 600 complejos habitacionales. También el Paso de Jama, el Paso Cardenal Samoré, mejoras en la Ruta 38 entre Córdoba y Tucumán y avances en el sistema hídrico de la Cuenca del Salado entre Córdoba y Santa Fe. Como cuando gobernaba en Buenos Aires, Duhalde pretende recorrer el país cortando cintas de obras que tardarán después mucho en ser realizadas.
El programa tiene, además, una dimensión política inocultable, que se charló también en Olivos: como sucedió con Menem, cuando el programa de obras públicas cumplió un papel decisivo a la hora de alinear gobernadores en la interna del PJ, Duhalde pretende ahora utilizar el mismo dispositivo para cerrar el camino del riojano en las provincias. ¿Adherir al riojano en esa pelea podría significar una discriminación en el volumen de ladrillos que se distribuirá por distrito? Algunos caudillos del interior temen que sí.
Toledo viaja al interior y promete obras como si fuera ministro, aun cuando Roberto Lavagna se reservó para sí el área de infraestructura. En Economía señalan que, así como está planteado, con financiación propia, el programa resulta tolerable. Es la actitud de esa cartera para toda la línea de «medidas de despedida» de Duhalde: como sucedió con el aumento de $ 100 al sector privado o el de la jubilación mínima, pactado por Graciela Camaño con el Presidente contra la opinión de Lavagna, también las obras públicas y planes habitacionales son aceptados con un gesto melancólico en el Palacio de Hacienda.
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