11 de agosto 2005 - 00:00

Lavagna dixit

El subsecretario Pyme, Federico Poli, junto a industriales y empresarios en el 1er. Foro Nacional de la Industria (arriba). El ministro Roberto Lavagna y el titular de la UIA, Héctor Méndez (abajo).
El subsecretario Pyme, Federico Poli, junto a industriales y empresarios en el 1er. Foro Nacional de la Industria (arriba). El ministro Roberto Lavagna y el titular de la UIA, Héctor Méndez (abajo).
El afán de la Unión Industrial y el ministro Roberto Lavagna por reconciliarse fue la nota destacada en el Foro de Córdoba que organizó ese centro empresario. Es lógico, los industriales no quieren complicar a un gobierno permanentemente irascible y más cuando está en el celo precomicial. Lavagna, a su vez, sigue moviéndose en su sueño de ser el primer ministro de Economía que, de la mano de Eduardo Duhalde, llegue a la presidencia de la Nación en 2007. Esto lo obliga a un cauto equilibrio para seguir en esta gestión Kirchner que, aunque todavía lo necesite, es de extrema ambición política como para empollar proyectos ajenos.

El ministro no es querido en el agro por las retenciones, ni por las privatizadas por los congelamientos, ni por los gerentes por el impuesto «al cheque», ni por los sindicalistas -aunque aquí sea un mérito- por los apaciguamientos. Por eso, sin abandonar su habitual arrogancia, Lavagna buscó achicar enemigos y defendió el actual dólar alto, un concepto no frontalmente criticable pero que depende del enfoque que se le quiera dar al proceso económico, qué país futuro se quiere y para beneficiar a quiénes.

Más claro que el Foro Industrial de Córdoba -y sin buscar amigarse con nadie- fue la encuesta simultánea de IDEA que marcó que 47% de las firmas apoya este dólar alto, contra 32% que lo quiere en $ 2,50 (21% no sabe). Es significativo porque no olvidemos que ni en el nivel de IDEA -ejecutivos de empresas- ni en la Unión Industrial tienen preponderancia las pequeñas y medianas empresas (pymes), ni el comercio, ni los servicios. Pero de todos estos sectores, no relevantes ni en IDEA ni en la UIA, depende 80% de la fuerza laboral. Del agro, que tampoco está allí, 55% del ingreso de divisas.

Por supuesto que la línea industrial de Techint, gravitante en la Unión Industrial, impulsa un dólar alto como si la Argentina fuera China. Fuerte exportador con salarios internos deprimidos, en términos reales, acumula divisas que le permiten diversificarse pero en el exterior, no aquí donde las obtiene. Por eso compra una acería en México con el mismo dinero que podría haber adquirido aquí Loma Negra, ex de Fortabat, y evitar que se desnacionalizara la principal cementera del país. No es cuestión de caer en nacionalismos pero la expansión de un capital nacional que se consolide tiende a concentrarse más en el mismo país hasta el nivel que la diversificación internacional se la imponga el comprensible riesgo.

Un dato refleja la situación actual. El PBI hoy es prácticamente igual al de 1998 (en pesos actualizados). Pero con la diferencia que antes había 20% de pobreza y hoy supera 40%. ¿Qué pasó? Simplemente que las empresas -industriales básicamente y no todas- son las que ganan más con el dólar alto. Pierden los asalariados en blanco y en negro. La distribución del ingreso empeoró contra la teoría del ministro de que el dólar alto no equivale a salarios bajos. Claro, Lavagna formó su «heterodoxia» junto a Miguel Revestido y su famoso «control de precios» desde 1972. Lástima que aquella «heterodoxia» debió salvarse con el terrible «rodrigazo» en 1975.

Esto lleva a la gran falla que tiene el esquema del gobierno y de Lavagna. No se asegura empleo y se torna difícil bajar el índice de desocupación de 16%, que significan casi 3 millones de argentinos que reclaman ganarse el pan.

Las pymes, las que realmente crean trabajo, se benefician con el proteccionismo de un dólar alto pero no pueden avanzar hacia la eficiencia competitiva y crecer porque les es difícil evolucionar dado lo costoso que les es importar una máquina. O la imposibilidad de abandonar el sector «negro» de la Economía a riesgo de quebrar, aunque con ello sacrifiquen a millones de argentinos sin cobertura social alguna.

• Momento excepcional

Por eso molesta el tono arrogante y admonitorio de Roberto Lavagna a nivel que sólo un auditorio proclive a conciliar puede aceptarle muchas afirmaciones. Por caso su mofa a los economistas y empresarios «ortodoxos». Cabe preguntarse si conocerá el ministro naciones que se hayan desarrollado con sistemas «heterodoxos» cuando hasta China y Rusia rechazaron el dirigismo. Un excepcional momento externo -un ciclo como hace 50 años no se daba- trae un jolgorio especial a la Argentina que permite hacer afirmaciones a funcionarios envalentonados por las circunstancias pero que son un disparate. También dijo que el motor de la mejor situación actual «es el consumo» -lo mismo dice Néstor Kirchner- como si la Ley de Say no existiera. El motor es el sector externo del cual el gobierno saca con retenciones buena tajada que reparte no con un sentido de futuro (invertir en exploración energética, en educación, en formación técnica, en consolidar empresas viables) sino en subsidios, taponar inflaciones y en estatizar con un creciente gasto público que puede destruir hasta la sorpresiva bonanza actual.

En el esquema Lavagna hay afirmaciones hasta incoherentes al decir que el
«dólar alto no les gusta a los inversores en colocaciones financieras». Al especulador financiero le encanta que un gobierno fuerce la estabilidad cambiaria para no tener pérdida cuando, tras lograr una exagerada renta en títulos públicos, vuelva a comprar dólares para sacarlos del país. Es tan paradójica esta economía de bonanza externa explosiva que si el gobierno no apuntalara el dólar y éste bajara, la ganancia financiera sería mucho mayor que el casi 20% que alcanzó en los últimos 30 días. Por eso hasta es patriótico hoy mantener un dólar alto pero la petulancia del ministro le hace hablar al revés.

Otras incongruencias son que «el tipo de cambio no se fija por decreto». ¿Para qué lo necesitaría si opera con el Banco Central la paridad que quiere? Se sumó el ministro a la crítica de la «horrorosa década del '90» con sobrevaluación del peso. Pero no dijo que por eso la industria argentina llegó a primer nivel mundial en tecnología de punta y con eso -con un parque industrial mucho más antiguo ahora por falta de inversión- se sigue satisfaciendo el consumo que tanto enorgullece al gobierno. Pero no hay futuro si no hay más trabajo, si se agotan las reservas y si hay acechanza inflacionaria.

• Mutantes

Se resume ello en que no hay inversión en niveles adecuados y menos en sectores clave, metalmecánicos por ejemplo. Y no la hay cuando pese a que al que traiga un dólar le dan $ 2,90. No está en el vestuario de Lavagna la ropa de brillo que seduce inversiones.

El ministro cree haber acumulado fama para presidenciable. Puede reírse de la ortodoxia y la iniciativa privada ante un Foro empresario que se lo toleró cuando se hubiera horrorizado apenas unos pocos años atrás por conceptos así. En fin, los argentinos somos mutantes.

Mucha gente -la simple pero también funcionarios y hasta periodistas- cree que fue el artífice de una magnífica negociación de la deuda que siempre se la conceden a un país que cayó en cesación de pagos. Sin las demoras y artilugios de Lavagna y el negociador Guillermo Nielsen seguramente la quita no hubiera sido tan alta pero por lograrla y demorar tres años se perdieron alrededor de 20.000 millones de dólares en inversiones (la Argentina de ser el primer atractivo latinoamericano en los '90 pasó al quinto lugar detrás de México, Brasil, Colombia y Chile en 2003/ 2004). Eso se traduce en los índices de pobreza (42%), de desempleo y subempleo (16%). ¿No hubiera sido mejor más rápido y no irritar al mundo con una quita que, además, es falso que se la mencione como de «77%» porque los 20.000 millones que no aceptaron entrar al canje no perderán todo y los 20.000 millones de inversiones perdidas reducen el logro?

• Audacia

Lavagna aunque impresione menos vale más después del canje de deuda que antes. Ahora es reconocido que castigue bien carteles de acuerdos de precios como en el cemento, pronuncie frases audaces y certeras como «si los sindicalistas dicen que los aumentos salariales, fuera de mejora de la competitividad, no traen inflación ¿por qué no duplicamos o triplicamos los sueldos?». Combate bien la inflación y el gasto del Estado creciente aun cuando sabe que no puede frenarle la demagogia al kirchnerismo hasta la elección de octubre. A diferencia del gobierno Lavagna no se obnubila con los «récords» de recaudación de la AFIP porque sabe que apenas si acompañan, como siempre corresponde, con el crecimiento del PBI y forzando el accionar sobre las pymes para ello. Y no ignora que de aquí depende el nivel de empleo.

Roberto Lavagna sueña con llegar a presidir el país a partir del conocimiento de la Economía, algo que cercanamente logró Carlos Pellegrini en 1890. Pero Pellegrini era un «ortodoxo» coincidente, como ahora, con un próspero momento externo que utilizó muy bien para lanzar la Argentina moderna y de alto desarrollo de los siguientes 40 años.

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