No innovó Felisa Miceli ayer en su salida del poder. Abandonó
la Casa de Gobierno casi sola y al anochecer, cuando en
el despacho de Kirchner ya se bendecía a Miguel Peirano.
Néstor Kirchner ha tenido más problemas con las mujeres, en los últimos tiempos, que con los hombres. Atrás quedaron las destempladas partidas de Gustavo Béliz (Interior), histeriqueando denuncias contra la SIDE y uno de sus principales jerarcas -esos que, como la Policía, permanecen aunque cambien los gobiernos-, y la de Horacio Rosatti (Justicia), molesto por los altos precios de construcción de unas cárceles (casi un anticipo de lo que luego ocurrió con Skanska). Ellos partieron, quejosos y críticos (como Sergio Acevedo, gobernador de Santa Cruz), al revés de las damas, a las cuales parece necesario echar. ¿O acaso alguien supone que Felisa Miceli, ayer, dejó el barco por propia voluntad? (a pesar, claro, de las declaraciones del jefe de Gabinete, quien dijo que tanto él como el Presidente siguen creyendo en ella, hombres de profunda fe en el sexo femenino aunque no lo parezcan).
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Tanto la ministra renunciada como otras colegas (Romina Picolotti o Nilda Garré) le han complicado el tráfico al Presidente para llegar sin sobresaltos al fin de su mandato. Más: se lo entorpecen al grado límite de tener que obligarlas a dimitir. Una, la Miceli, por desprolijidades de distinta magnitud, desde la firma para devolverles 200 millones de dólares a los Greco (proyecto que también suscribieron el propio Kirchner, Alberto Fernández y Carlos Zannini) hasta el episodio menor, pero más escandaloso, del sobre con dinero aparecido en su baño del Ministerio de Economía. Por este último desliz, ella fue al cadalso, aunque la ejecutaron tardíamente. La Garré parece haber superado la crisis de los radares y otras peripecias con los uniformados -aunque en el gobierno hubieran preferido que no haya tenido esa fortuna- y a la Picolotti, tal vez porque fue la piedra que disparó el pleito con el monopolio «Clarín», la protegerán debido a que sólo se permitió exhibicionismos groseros, menores, casi de provincia diminuta, como la contratación de jets privados, nombrar a cuanto familiar ande suelto y amigos que, por el hecho de ser amigos, merecen una recompensa salarial superior al resto de los mortales.
La Miceli, al margen de los flancos policiales que mostró su caso (en los cuales se deleitó el fiscal Guillermo Marijuán), también reveló una crisis subida de tono entre los colaboradores del santacruceño: Alberto Fernández versus Julio De Vido, Aníbal Fernández versus la propia Miceli. Por citar a protagonistas de nota, jefes de pequeños y desatados ejércitos que se encargan de ensuciar a sus respectivos rivales. Gente amorosa del sector público. Y así terminaron de hundir a la ministra o colaboraron con energía -a pesar de la escasez- a su despido, más allá de la colección de estúpidas justificaciones que aportó la ministra. Había quienes afirmaban que ella reportaba al jefe de Gabinete, mientras la Miceli dejaba trascender que en rigor su simpatía oficial estaba con Cristina de Kirchner (al menos, fue una de las impulsoras de su candidatura antes de que se expresara el mandatario). Por supuesto, cuando apareció el sobre con plata, ya carecía de referencias y de amistades a 10 mil kilómetros a la redonda de la Casa Rosada.
A pesar de que en algunos rincones se afirmó que el caso Miceli se había montado para ocultar el caso Skanska (lenta causa judicial por la que fueron exonerados dos funcionarios cercanos a De Vido) y que el propio Kirchner no podía ignorar la exagerada puntillosidad policial para requisar e informarle al ministro del Interior del particular y sorprendente hallazgo del sobre con dinero en el baño de Economía, hecho que curiosamente hasta se olvidaron -también Fernández- de notificarle a la olvidadiza ministra. Rara como encendida, la historia. Justo es admitir que la Miceli contribuyó a su ajusticiamiento. Primero, al deslizar su gente que le habían «colocado» el sobre (atribución presunta a su colega de edificio, De Vido), aunque esa afirmación nunca la solventó en la Justicia. Al contrario, dijo que la plata olvidada (dividida en pesos y dólares) le pertenecía, que la había guardado para una operación inmobiliaria sin ofrecer demasiadas y precisas explicaciones. Desde ese momento, sumó errores, transgresiones o delitos fiscales, incapacidad para explicar origen de fondos negros, inconsistencias en las declaraciones juradas de su hermano (quien, según ella, le había prestado los fondos), penosas declaraciones («no cometí delitos, sólo me equivoqué, quiero que me perdonen»), forzados silencios posteriores y una poco explorada vinculación con modestas entidades financieras (Cuenca) y con otra más importante, dos directores del Banco Hipotecario. Una escalada al infierno.
Ya desde el día inicial se sospechaba que algún tipo de «coima» o «dádiva» con mal olor había en ese baño. Era de primer grado, el único que se negaba a verlo fue Kirchner. Cuando se está tan distante de la realidad, viviendo en la alcazaba solitaria, se acaba en ese desencuentro: la historia ofrece cientos de ejemplos de estos casos de aislamiento, robinsonianos. Porque desde el principio se advertía el degradante proceso de la Miceli, las rutas y desvíos de dinero, enlaces y sociedades comprometidas, se emporcaban familiares a gusto y disgusto, aparecían corruptelas como hongos que duraron, desde que se produjo la evidencia, nada menos que 43 jornadas. Nadie entiende la perspectiva oficial de que el tema se podía esconder, que cualquier renuncia ponía en riesgo el poder presidencial o que el escándalo envolvería de lodo la candidatura de la primera dama. Tan perseguidos estaban los oficialistas que, con la natural y común respuesta de siempre, hasta aludieron a «las campañas sucias». Infantilismo político, escasa imaginación, falta de inteligencia, como la excusa del propio fracaso, ayer, cuando desde el atril del gobierno, se dijo: «Le creemos a Felisa».
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