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2 de junio 2008 - 00:00

Lecciones de estrategia de Drucker para los Kirchner

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«Sacrificando las oportunidades del mañana en el altar del ayer.» Con esta sentencia definía Peter Drucker uno de los errores estratégicos más graves de las empresas y, por qué no, de las personas y de los países. El genial Peter se refería a cómo los éxitos del pasado, el miedo a cambiar, el aferrarse a «lo que siempre se hizo», la autoestima alta, derivada de todo lo bien que les había ido hasta ese momento, etc. cegaban a las organizaciones para ver los cambios que estaban sucediendo a su alrededor y aprovechar las oportunidades que surgían de dichos cambios.

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Parece ser que algo de esto le está pasando a la conducción del gobierno argentino. La campaña electoral de Cristina de Kirchner estuvo signada por la palabra «cambio». «El cambio recién empieza», fue el eslogan inicial. Luego transformado en «para profundizar el cambio». (Para no herir las susceptibilidades de Néstor.) Y, finalmente, el argumento de la etapa final: «Sabemos lo que falta, sabemos cómo hacerlo». Lo que estos mensajes daban a entender era que el gobierno de Cristina venía a modificar ciertas cosas del estilo K. (Recuérdense las denuncias del actual vocero D'Elía, respecto de la « derechización» y el acercamiento a Estados Unidos de un ala del gobierno encabezado por el jefe de Gabinete, Alberto Fernández). Y que, en materia económica, pasada la «emergencia», se empezarían a «normalizar» diversas cuestiones que afectaban la inserción de la Argentina en el mundo. Un arreglo inminente con el Club de París y hasta, quizás, alguna oferta a los bonistas que no entraron al canje.

  • Camino

  • Sendero de aceptación gradual de alzas en tarifas de los servicios públicos y reducción de subsidios, con tarifa social, para los sectores de menores recursos. Actualización de los contratos con las privatizadas. Normalización del INDEC. Liberación de precios y de las restricciones a la exportación en el sector agropecuario (aunque manteniendo el sistema de retenciones para moderar precios internos y seguir recaudando). Un enfoque más amistoso hacia la inversión extranjera. Modificaciones en el esquema impositivo y de incentivos al sector industrial y de servicios, para ir reemplazando, de a poco, la competitividad cambiaria -que se pierde con inflación creciente- por competitividad derivada de inversión y productividad, y una política fiscal y monetaria orientada a desacelerar la inflación y las expectativas inflacionarias. Una posición en el mundo más cercana a Brasil y a Chile y más alejada de Chávez. En síntesis, la promesa de un kirchnerismo «prolijo» que, manteniendo, obviamente, los lineamientos básicos de la administración anterior, corregía los problemas centrales de gestión y pasaba a una nueva etapa cerrando un ciclo signado por la necesidad de sacar al país del «infierno».

    Mucha gente votó a Cristina con la esperanza de que, con el nuevo gobierno, «vinieran los rubios», como lo definió, en su momento, el amigo Guillermo Moreno. Es importante recordar esta historia reciente, porque cada vez que el gobierno declama que obtuvo, en octubre pasado, la mayoría de los votos (o la primera minoría, para ser estrictos), olvidaesta parte del «relato». De más está decir que nada o casi nada de lo prometido sucedió, al menos hasta ahora. Al contrario, aun antes de la crisis con los productores agropecuarios, el gobierno de Cristina ratificó todo lo actuado por su marido. Pero este contexto político tiene claras consecuencias en la economía. El extraordinario cambio de las condiciones internacionales a favor de los productores de energía, commodities de todo tipo y agroindustria, de los últimos años, puso a Latinoamérica vigorosamente en el mapa del crecimiento global.

  • Sintonía

    Con ese panorama, hubo una serie de países que, rápidamente, sintonizaron con esa oportunidad y se subieron al tren en cuyo primer vagón ya viajaba, con mucha anticipación, Chile. Brasil, Uruguay, Perú, Paraguay y Colombia ingresaron como socios plenos al club de los globalizados. En el otro extremo, pese a ser reales y/o potenciales proveedores de energía para la regióno el resto del mundo, Venezuela, Ecuador y Bolivia prefirieron, en mayor o en menor medida, el camino antiglobalizado, del « socialismo siglo XXI».

    La Argentina de Néstor Kirchner, por su parte, concentrada en salir de su propia crisis, pretendió ingresar al club de los globalizados, pero como socio «temporario» y, simultáneamente, «visitaba las instalaciones» del club antiglobalizador. Una reedición algo extraña de la «tercera posición» peronista. La oportunidad del cambio de gobierno, al menos de género, como se mencionó, sugería una definición más profunda. La de alinear, finalmente, las políticas públicas para aprovechar a pleno lo que todavía resta del boom de los alimentos y la energía.

  • Dudas

    La crisis financiera internacional, desplegada más intensamente desde mediados del año pasado, hizo dudar sobre la continuidad del contexto internacional favorable. Sin embargo, sea por el desplazamiento de muchos recursos financieros del mercado de los bonos estructurados hacia el de los commodities. Sea como consecuencia del propio ajuste del dólar, para el necesario aterrizaje de la economía norteamericana. Sea por la permanencia y proyección de condiciones estructurales profundas, en especial en el mercado del petróleo, que «rebota» hacia el mercado agrícola, por diversos factores. Lo cierto es que, lejos de amainar, el viento de cola de los precios internacionales para la región casi se convirtió en un ciclón en los últimos meses.

    Es decir, si tenía sentido esperar de la Argentina una mejor sintonía con el mundo, con los precios promedio de 2006 y 2007, mucho más lo tiene con los precios de hoy. Y es éste el evidente error de lectura de la situación que ha hecho el círculo íntimo del poder. El conflicto con el sector agropecuario no es un conflicto desatado por oligarcas golpistas (que a lo mejor los hay. Siempre quedan piezas de museo en todos lados, incluyendo el justicialismo). Es un conflicto desatado por la desilusión de productores, empresarios, profesionales, comerciantes, muchos votantes de Cristina, en síntesis, que perciben, sospechan o están convencidos de que el gobierno ha decidido sacrificar esta oportunidad extraordinaria o, al menos, aprovecharla muy levemente, en el altar del ayer.

    La extensión del «yuyito» a zonas agrícolamente marginales que hasta hace unos años sólo producían ganadería para el mercado interno. Las políticas del gobierno de Kirchner que redujeron aún más los incentivos para la producción de otros productos -leche, carne, trigo-, también favorecidos por un escenario externo brillante, generaron, casi como un subproducto, una gran masa de ciudadanos que dejaron de ver la globalización como una amenaza -el tradicional discurso K- y pasaron a verla, claramente, como una oportunidad que se está desaprovechando. La insistencia en el aumento de las retenciones y el esquema «móvil» suavizado, pero ratificado, en contra de la cobertura de precios en mercados de futuros de los productores, son una señal evidente de que el gobierno ha priorizado la «autoridad» y la « venganza» y ha postergado, una vez más, la posibilidad de subirse plenamente al «tren del crecimiento sustentable».

    En ese sentido, tienen razón muchos de los voceros del gobierno, ésta es una discusión ideológica. Pero es una discusión ideológica planteada contra esta posición tibia, de globalización parcial, que nos aísla cada vez más. Contra la estatización disfrazada de « argentinización sólo con amigos». La expulsión de la inversión extranjera directa. Y el control creciente de las rentabilidades y los precios.
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