11 de febrero 2005 - 00:00

Manual de zonceras o ahora Chevron por Shell

Hugo Chávez
Hugo Chávez
¿Puede equivocarse tanto un presidente como Hugo Chávez o un ministro como Julio De Vido? Pero ambos, 48 horas antes de que se pronunciara el titular de Shell en la Argentina, Juan José Aranguren («no nos vamos del país»), a distintos testigos les aseguraron que el traspaso de esa empresa era un hecho. «Está terminado el tema, sellado, hasta nos gustaría que ustedes participen en la operación», le dijo el venezolano (síntesis abreviada de lo que dijo, claro) a un empresario local con negocios en Caracas. Frases semejantes e invitaciones varias pronunció el canciller Alí Rodríguez, mirando fijo y atemorizadoramente a interlocutores que suelen observarlo con precaución por su pasado violento. Casi con la misma seguridad confesó De Vido a sus íntimos la conclusión de la compra de Shell a manos de PDVSA con participación de la local ENARSA (inclusive hubo también ofertas para integrar el futuro directorio), quizás influido por su exótico secretario de Comunicaciones, Guillermo Moreno, quien fue el primero en iniciar las tratativas domésticas con la filial de la compañía en Buenos Aires, hace más de 6 meses (en rigor, la sucursal estaba en venta antes, junto a su otra colega deficitaria de Brasil y, en el paquete, se incluía la sede chilena a pesar de que allí ganaron unos 30 millones de dólares).

Pero el titular de la Shell en el país, tras ésas y otras infidencias de la jerarquía oficial de Venezuela y la Argentina, se despachó con la terminante novedad: no hay nada en venta. Curioso: no causó demasiada alegría oficial que continuara una compañía con 90 años de historia en esta tierra.

Sorprendió además la declaración como emanada de la casa matriz, cuando -es medianamente público- la empresa todavía no zanjó algunas dificultades sobre valuación de activos, se ha retirado de algunas plazas y sus intereses de down stream en la Argentina no son esencialmente rentables. Por otra parte, era obvio que sus versiones en el país (también en Chile) no son ya estratégicas y la casa central planeaba concentrarse en el mercado asiático. ¿Qué ocurrió para que se suspendan las negociaciones y, sobre todo, para qué un mandatario y sus ministros, también altos funcionarios nacionales, quedaron expuestos como lenguaraces? También sorprendió que casi nadie se interesara por ahondar el tema y sus detalles, las razones finalmente del fracaso.

Shell negoció su salida del país y de la región con más de una empresa en Londres, y del mercado local primero con Repsol YPF (los españoles sólo querían comprar Chile, mientras la compañía ofrecía la venta del bloque sudamericano), también con Petrobras: en los dos casos, la principal traba era el futuro veto de la Secretaría de la Competencia que no permitiría mayor participación de mercado a españoles ni brasileños. En esa retirada regional, Shell habría firmado un acuerdo con sus propios distribuidores en Venezuela y de una venta en Perú y de activos menores en el Caribe (Martinica, Dominicana, El Salvador). En cambio, salirse de Brasil -donde la mayor parte de los petroleros el año pasado perdió dinero- es una complicación: Petrobras no desea comprar una red de estaciones de servicio localizadas casi con las propias y, como domina 90% de las refinerías, ¿para qué quedarse con una compañía que en verdad distribuye sus propios productos? Además, parece, el presidente Lula le advirtió a Shell que si se retiraban de un sector, también había que retirarse de otros. Allí también un gerente, con más claridad y anticipación, dijo que no se iban del país.

• Ofertas

Se asegura que Petrobras hizo más de una oferta por Shell argentina, a pesar del conflicto a generarse con la expansión del mercado (hubiera pasado a tener 31%, 12 más 19). Shell rechazó todas, tal vez por razones de precio. Lo mismo habría ocurrido con PDVSA y sus entusiastas argentinos, dispuestos a comerse una torta antes de hornearla, de modo que varios ingresaron al aggiornado «Manual de zonceras argentinas» (Arturo Jauretche) con un envidiable vértigo globalizador.

• Incógnita

En verdad, se cree, esa operación de pagar poco por lo ajeno bajo determinadas consignas o presiones gubernamentales (postre que algunos influyentes ya disfrutaban, sin comerlo, con verlo sólo en la estantería), se combinaba con posibles intereses brasileños (Chávez también dijo que iba a hablar con Lula como socio en este tema), ya que Petrobras todavía dispone de activos que fueron de Astra, Eg3, y luego Pérez Companc -sobre todo en estaciones de servicio en el interior del país- y era imaginable luego configurar un intercambio de marcas que eludieran las objeciones de la Secretaría de la Competencia. Esa suerte de ingeniería no ha prosperado y, por el momento, al margen de la estatización frustrada nadie sabe aún cómo harán Chávez-De Vido para inaugurar 600 estaciones de servicio este año en la Argentina. Si bien hay que olvidar promesas a empresas y personas para ocuparse de la que iba a ser la fugada Shell, resta la incógnita sobre el desparramo venezolano en los negocios de venta callejera. Hasta ahora, sólo estrenaron dos estaciones que pertenecían o pertenecen a la firma Rhasa, que en su momento tuvo inconvenientes por adulteración de combustibles y presuntas evasiones impositivas. Inclusive, no se sabe si se trata de una compra o de un alquiler, pues las 588 que faltan serán «embanderadas» (así jura PDVSA), lo que supone seguramente más locación que inversión. Si hasta será difícil consultar a uno de quienes montó la operación (de apellido Gómez, referente de PDVSA), ya que había perdido la confianza de Chávez y Alí. Pero si se bloquea lo de Shell y se demora lo de las estaciones, quizás el chavismo venezolano arme otro emprendimiento complementario. Más realista para ellos, quizá: hoy PDVSA negocia el cambio de activos con Chevron (a cargo en Caracas de la gestión de un iraní), entregar unos en su país por otros de la Argentina. En este caso de canje, se trataría de lo que fue la petrolera San Jorge, hoy en manos de Chevron.

Sobre esto se dice poco, quizá porque ofrece más andamiaje en las necesidades de Venezuela, que a pesar de sus ubérrimas reservas petroleras, no dispone del fluido caracterizado como «liviano» -más caro y exportable-, casi estratégico para su patrimonio y el que necesita más que las vacas preñadas de la Argentina.

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