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Se trató de una respuesta totalmente distinta de la que dio Lavagna el viernes en Brasilia. «No sé ni me importa», le dijo a un grupo de periodistas al ser consultado sobre la dimisión que se había producido horas antes.
En cuanto a la superintendencia, es poco probable que ese espacio quede reservado a Víctor Bescos, actual segundo del sector y puesto en el Central a dedo por Lavagna.
Ocurre que en el Palacio de Hacienda, la renuncia presentada el jueves por Pignanelli tuvo una doble lectura. Por un lado, cierto alivio por la posibilidad de frenar un enfrentamiento permanente con el ministro del área, Roberto Lavagna. «Pignanelli tiene el mismo problema que su antecesor, Mario Blejer. Son incontinentes verbales y se la pasan haciendo declaraciones inconvenientes», se quejan en Economía. Pero, del otro lado, también reconocen que será necesario remontar la cuesta en un tema muy sensible para el Fondo, como es la independencia y autonomía del Central. Una salida intempestiva de Pignanelli terminaría demostrando que la separación de aguas entre el BCRA y el poder político (en este caso, ejercido por Economía) todavía está muy lejos de convertirse en realidad.
El gobierno, los principales referentes del equipo económico y el mercado no esperan grandes turbulencias en el mercado cambiario en caso de que Pignanelli finalmente termine alejándose. De hecho, la pérdida de dólares que sufrió el Central el viernes se explicó por la resistencia de exportadores a liquidar divisas, lo cual deberán hacer esta semana.
Sin embargo, el efecto de la salida tendría consecuencias estratégicas, fundamentalmente en lo que respecta a la relación con organismos internacionales. Tanto Pignanelli como el economista jefe del BCRA (y ahora designado subgerente general), Alejandro Henke, mantienen un fluido contacto con los principales técnicos del Fondo. El recambio incidiría negativamente, por lo tanto, en la posibilidad de retomar con éxito las negociaciones.