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4 de noviembre 2008 - 00:00

¿Restoranes que cambian de dueño?

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La cadena que integran los restoranes La Parolaccia (comida italiana) y La Bistecca (tenedor libre) estaría a punto de cambiar de dueños: un fuerte rumor en el mercado gastronómico asegura que los hermanos Pablo y Federico Lorré habrían encontrado un comprador para su empresa, que -según esa versión- estaría en venta desde hace un par de años.

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Dos fuertes empresarios del sector consultados por este diario negaron ser ellos los compradores, pero admitieron haber «mirado» la cadena, y confirmaron que está en venta. «Me parece raro que después de tanto tiempo los dueños hayan encontrado un comprador justo ahora, en que las cosas no van tan bien para nuestros establecimientos. Por la crisis, muchos restoranes estamos facturando 20% menos, y el año que viene -pensamos- la caída podría ser mayor», dijo uno de estos fuertes empresarios a Ambito Financiero.

La Parolaccia (literalmente «la palabrota» en italiano) tiene ocho locales y La Bistecca tres, uno de ellos -por franquicia- en Lima (Perú), en el elegante barrio de San Isidro. La cadena fue fundada en 1988; el primer local -que todavía funciona- abrió en las cercanías de Santa Fe y Callao.

Por su parte, La Bistecca comenzó a operar diez años más tarde, en Puerto Madero. El formato buffet libre no pareció ser tan exitoso como el de su « hermana» a la carta y quizás por esa razón no sólo no se expandió, sino que además una de sus sucursales -en el Bajo Palermo- se convirtió en La Parolaccia, hasta que cerró (en realidad se mudó a las inmediaciones).

Los hermanos propietarios conservan un perfil bajísimo, pero se sabe que tienen un centro de producción único de los alimentos que se venden en sus restoranes, desde el que todos los días se envían las porciones prepesadas a las sucursales. Esto, obviamente, no sólo optimiza la producción y le da masa crítica, sino que además garantiza que en cualquiera de los restoranes se encontrará la misma cantidad de ravioles y la misma salsa en la porción pedida. Su punto débil es el mismo elemento que le brinda su mayor ventaja económica: la masificación de la producción le quita sabor artesanal a los platos que se consumen en sus mesas.

De todos modos, esto no parece ser un óbice para los comensales: a pesar de la crisis, sus locales siguen reservando mesa sólo para el primer turno, y después de las 21.30 conseguir un lugar implica esperas de más de una hora.

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