Se agrava todo: tendrán que pagar con reservas
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Cabe recordar que en Basilea el titular del Banco Central, Aldo Pignanelli, había informado (se desconocía aquí en detalle) hace 10 días que del total de caída de reservas por 4.950 millones de dólares, entre enero y julio pasados, 3.400 millones fueron para pagarles vencimientos a organismos internacionales. Ahora habrá que pagar más.
¿Por qué tanta dureza que se suma a las del implacable norteamericano Paul O'Neill, secretario del Tesoro, que dijo que «no voy a estar a favor de destinar dinero en asuntos que no tienen sentido» en clara alusión a la Argentina? Porque como país desesperamos al mundo. Nuestros políticos hablando siempre de populismos desesperan. Que un medio de prensa («Clarín») haya convencido a un Congreso Nacional en sancionar una ley de quiebra insólita en cualquier país del mundo, que después ese mismo Congreso tuvo que derogar, no lo pueden creer en los países serios. Ni que ahora el mismo medio quiera imponer una «ley cultural» para sus intereses. Que un país tenga normas constitucionales tan absurdas que impiden bajar sueldos a empleados públicos y si se lo hace por absoluta necesidad fiscal luego hay que devolvérselos y destrozar las metas de emisión monetaria o de endeudamiento con dólares. Que bancos oficiales hayan dado créditos a empresas insolventes por 1.200 millones de dólares simplemente por amistad con gobernadores bonaerenses. Que las empresas privadas no puedan hacer despidos aunque pierdan plata en esta época. Que existan regímenes laborales especiales incompatibles con la mínima racionalidad. Que sobren 350.000 empleados públicos y sean into-cables. Que la salud de la población esté mayo-ritariamente en manos de sindicatos que le extraen fondos al gobierno para su propio enriquecimiento disimulado en Obras Sociales. Que cada radicación de una inversión requiera una coima a funcionarios. Que haya 24 Cortes Supremas de Justicia en otros tantos distritos. Que los políticos se consuman 2.000 millones de pesos por año y empleen el cargo público como sostén de sus «punteros», fundamentalmente en organismos asistenciales como ANSeS y PAMI. Que haya más legisladores en proporción de habitantes que en los Estados Unidos. Que haya sido todo vítores y fiesta en el Congreso cuando se anunció el default. Que en las cárceles se deje salir presos a robar o que se les pague tan mal a los policías para que terminen delinquiendo. Que haya 4 maestras por cada puesto. Que impongamos control de cambios. Que tengamos 50% de evasión impositiva. Que no tengamos sistema financiero funcionando. Que cualquier grupo «piquetero» corte calles y rutas sin reacción oficial. Que las sanciones en el Parlamento deban ser compradas, por particulares y por gobiernos. Que no nos importe tener déficit presupuestario. Que tengamos «jubilaciones de privilegio» y jubilados legalmente a los 45 años. Que 90% de la fuerza laboral en muchas provincias sea empleados públicos.
O'Neill, Krueger y Tietmeyer no se pronuncian con tal crudeza por hechos circunstanciales que observaron sino por un país desquiciado que necesitaría una reforma de cuajo. No comprenden -el mundo no comprende-, que ante una crisis terminal los políticos argentinos crean que es una encrucijada más que se salvará con «más prestamos de afuera» cuando la deuda externa llega ya a 147.000 millones de dólares. Ni pensar en un acuerdo de aspirantes a presidente: los que firmaran les darían el argumento a los otros para endemoniarlos.
También piensan que la Argentina no se salva, mientras subsistan tantas anomalías, con sólo un cambio de gobierno en un país donde la oposición es salvaje y está esperando que alguien encare soluciones de fondo a alguno de sus dramas para hacer demagogia. O sea, ven un país inviable donde la corrupción, la demagogia, el desprecio al manejo cuidadoso de los fondos públicos desde el Estado es la norma del político autóctono.



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