Con el paso de los días, el gobierno de Néstor Kirchner se ve presa de un cerco internacional más y más severo. A las admoniciones del Grupo de los Siete y del Fondo Monetario Internacional se sumó ayer la de Brasil. Roberto Lavagna trató de justificar la suspensión del acuerdo automotor al aducir que el gobierno de Lula otorga subsidios a su industria y que por esa razón los inversores prefieren ese país como destino. Los ministros brasileños -sobre todo Luiz Furlan, de Industria y Desarrollo- le contestaron que la asimetría entre ambos países la genera el gobierno de Kirchner que, al no resolver el problema del default, provoca aversión en el mercado internacional, desalentando inversiones. Esta dureza brasileña es la réplica a una tensión creciente en materia de intercambio de bienes (electrodomésticos primero, mercado automotor ahora), pero también es el revés del gobierno de Lula a una conducta más antigua de Kirchner y Lavagna: nadie olvida en Brasil los días en que en Buenos Aires se apostaba al fracaso de la estrategia brasileña de esfuerzo fiscal y acuerdo con el Fondo. A las recomendaciones de Brasilia se le sumarán hoy los consejos de Madrid. Llega el canciller Miguel Angel Moratinos, quien ya anticipó públicamente que «exigiría» que el gobierno argentino restablezca su trato con el Fondo. Importa que el canciller de España es un socialista, así como el gobierno de Lula es del Partido de los Trabajadores (PT). Al parecer, la normalización financiera de la Argentina excede las fronteras ideológicas, lo que produce un efecto más notorio de aislamiento.
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