«La venganza es un plato que se come frío», dice el proverbio que ayer al mediodía demostró su infalibilidad. Wall Street se paralizó para escuchar el discurso de renuncia del gobernador de Nueva York, Eliot Spitzer.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Diez años tardaron los operadores para disfrutar la revancha y ver caer a quien desde su cargo de fiscal los investigó y desprestigió para construir la carrera política que terminó ayer.
Con las caras sonrientes y los ojos fijos en las pantallas de cuarzo líquido, los operadores no se perdían detalles del discurso de despedida de uno de los hombres más odiados por Wall Street.
En 1999, con la Bolsa en baja, investigó a los fondos comunes de inversión. Los acusó de abusar de los ahorristas. Tres años más tarde, logró doblegar a Merrill Lynch, obligándolo a pagar u$s 100 millones por haber recomendado a sus clientes la compra de acciones cuyo escaso valor real conocía.
En diciembre de 2002, desmanteló fraudes por u$s 1.400 millones de bancos y corredores por concepto de negocios ilícitos con las acciones. Sus otras víctimas fueron la industria musical y las grandes aseguradoras.
Fue la forma más rápida de hacerse popular. En Estados Unidos, los ahorristas se concentran en la Bolsa, no en los plazos fijos. Cuando hay pérdidas y aparece un fiscal condenando a los operadores de los fondos comunes, lo endiosan como a Robin Hood. Sus apodos fueron una muestra de la popularidad. Lo llamaron «Eliot Ness» por su fama de duro e incorruptible con la gente del sistema financiero, y también lo apodaron «el sheriff de Wall Street».
Poco tiempo después, eligió otro enemigo: las redes de prostitución. Hace cuatro años encabezó la redada más grande en los lugares de prostitutas. Arrestaron a 16 personas. Su fama creció y le permitió ganar las elecciones de gobernador en noviembre de 2006 con 70% de los votos.
Ahora, el «Cliente 9», como lo llamaban en código los investigadores, resultó ser uno de los buenos clientes de las prostitutas más caras.
Cuando terminó su discurso, una ovación cerrada en Wall Street celebró su renuncia. Fue la primera vez que los operadores festejaron una caída.
Dejá tu comentario