A lomo de mula como lo hizo San Martín

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Todo un desafío: en 6 días, 82 personas recorrimos, en casi 40 horas de cabalgata, 70 kilómetros de caminos de montaña a una altura promedio de 3.000 metros sobre el nivel del mar y temperaturas bajo cero, para emular el cruce de la Cordillera, que en 1817 realizó San Martín por San Juan como parte de su gesta para la liberación de Chile.
Alternativas de viaje
Hace años que Mendoza ha sabido explotar la figura del máximo prócer argentino. Mientras, su provincia vecina ha visto cómo al Libertador se lo vinculaba con la tierra del Aconcagua, olvidando que eligió las alturas sanjuaninas, precisamente el Paso de Los Patos, para dirigir en persona hacia el otro lado de la Cordillera la columna principal del Ejército de los Andes. Era el camino más difícil y el que más sorprendería al enemigo. El paso de Uspallata, por donde fue Las Heras, se lo consideraba la ruta normal, la más abierta. Entonces, ¿qué clase de estrategia hubiese sido cruzar por ese lado? Orgullo rozando casi lo desmedido, el Gobierno de San Juan comenzó a organizar hace cuatro años este cruce sanmartiniano.
Claro que la misión es sólo conmemorar la gesta, porque jamás podrá igualarse. Los 15 mil animales, 3.600 soldados, 1.400 arrieros y 5 mil soldados que acompañaron a Don José de San Martín parecen demasiados comparados con los 24 gendarmes, sumándose los militares, 130 caballos y mulas que guían a un grupo de novatos que si bien alguno habrá tenido experiencia en cabalgar, nunca se habían entregado a la voluntad de alguno de estos animales.
«Las mulas siempre me parecieron un animal sorprendente. Que un híbrido posea más razón, memoria, terquedad, sociabilidad y resistencia muscular que cualquiera de sus dos padres parece indicar que en este caso el arte superó a la naturaleza», dijo Charles Darwin, luego de realizar un periplo similar por estas latitudes. ¿El naturalista también habrá sentido un cambio interno después de esa experiencia? ¿Qué habrá pasado por su cabeza al estar perdido entre la inmensidad de las montañas?
Porque cruzar la Cordillera no es un viaje turístico, y si bien tiene una connotación histórica y en la que se reincide permanentemente en que los hombres que pasaron por ahí lo hicieron por una causa, en cada uno de los participantes hay un viaje en particular. Sé que suena hasta casi una herejía para el Padre de la Patria, pero la conquista del espíritu y el disponerse a pasar los límites personales es casi una premisa en este tipo de travesía. La montaña exacerba lo mejor y lo peor de cada uno, da tiempo para pensar, nos hace ver qué pequeños pueden ser los problemas de cada día, nos iguala y nos hace creer que todo es posible.
Y suceden cosas que no son comunes, como entregarnos a los designios de otro. Esa es la relación que uno establece con su animal del que me hubiese gustado aprender más cosas. Cuando lo vi pisando firme pero cuando estaba segura, la que no tomaba un camino porque sabía que no era el adecuado, la que a veces resbalaba pero seguía con su paso estoico.
Puerta a la aventura
Estancia los Manantiales, el punto de partida. El pasto verde, los animales esperando. La puerta de inicio a la aventura. Algunas caras se tornan conocidas, aunque sólo nos hayamos visto una vez en la vida. Ángel (qué apellido para un rescatista), Pineda, Quiñones, D'Onofrio, Abarca, Carbajal, Ferreyra, Solla, Méndez. Gendarmes, militares. Cada uno tiene su cargo, cada uno ocupa un lugar en su fuerza. Sé que me perdonarán por no distinguir el rango que se han ganado, pero en mi visión son la muestra denodada del empeño y
la paciencia.
¿Cómo es posible soportar las mil veces que un periodista les pregunta si la cincha está bien, por qué el animal no atiende nuestras órdenes, de necesitar durante seis días un empujón para montar? El camino comienza con el gobernador José Luis Gioja y el intendente sanjuanino Marcelo Lima a la cabeza.
La lista de elementos para llevar contempla un poncho de agua que jamás se había tenido que usar. Pero nunca digas nunca. Y a poco del inicio apareció la lluvia y, detrás, el granizo.
Era una jornada corta hasta el primer campamento, en Trincheras de Soler. Breve, pero intensa. Y lo confirmé cuando mi caballo (el primero que tuve), brioso, se disparó a subir una quebrada como si estuviésemos en una película de Hollywood.
Me dijeron mis guardianes que nunca habían visto escena igual. El caballo avanzaba, subía raspando las piedras, las alforjas y los aperos se perdieron en el camino.
El primer campamento nos esperó con nieve y temperaturas muy bajas. El sonido de los copos nos adormeció. Noche difícil para muchos. Pero, demasiado pronto, un toque de diana, nada acogedor, nos invita a levantarnos y seguir. El agua helada del río, las manos congeladas, el frío que atraviesa la ropa térmica. El paisaje, aún más imponente.
El Portezuelo del Espinacito, una subida fuerte, fue recompensada por la vista del Aconcagua y el Mercedario. Los que llegan a ese punto por primera vez pueden llegar a dudar si esa falta de aire que sienten es porque están a más de 4.800 metros de altura o si esto sólo se debe a el impacto de la extraordinaria belleza del lugar.
La sonrisa desdibujada
El Valle de los Patos sur aparece, pero el cansancio nos hace verlo tedioso. Piedras y más piedras, y en el fondo, en un lugar que parece inalcanzable, el Refugio Sardina, el último lugar de Gendarmería antes del límite con Chile.
Allí el frío extremo debe haber sido parte de la historia, y los sigue siendo para quienes se lanzan a esta experiencia. Y como techo un infinito campo de estrellas, tantas que es posible que ni un experto astrónomo pudiera identificarlas. Lo cierto es que aquello que sostuviera el escritor surrealista francés René Dumal en su singular nouvelle «El Monte Análogo», se vivencia a pleno: montañas y estrellas reconfortan el alma.
El contingente es un pequeño pueblo, se ha convertido en un grupo solidario de amigos que cantan unidos en las guitarreadas, que comparten las tortas fritas y los mates, y hasta con un inusitado toque de diversión el baño en las aguas heladas del río Los Patos y el día de descanso bajo el sol. Todo esto para cruzar y volver en el mismo día, el cuarto de la travesía, al Valle Hermoso, donde espera la comitiva chilena.
Al quinto día quedaba la Honda, el lugar donde hasta la sonrisa más altiva se desdibuja. Una subida interminable que termina en una pendiente de casi 90 grados. El cuerpo desafía la gravedad y los nervios. El vértigo inicial para muchos ya había pasado a la historia, nos íbamos convirtiendo en expertos o, para ser mas sinceros, simplemente nos habíamos ido acostumbrando. El retorno al primer campamento, ya era como volver a casa. Lo peor había pasado y Estancia Los Manantiales nos esperaba.
«Fue lo mejor que me pasó en la vida». Las palabras del ex Puma Serafín Dengra resonaban a cada rato. Volvíamos con la cara tostada, la ropa llena de tierra, el cabello indomable, las rodillas doloridas, la espalda intentando acompañar el andar de la mula o el caballo y los calambres.
Me preguntaba si podía acompañar la frase de Serafín Dengra. Y recordé con emoción el momento en que arrié la bandera en medio de los Andes. Recordé con sorna cuando el ex rugbier decía que no apostaba a que las mujeres pudieran llevar adelante este viaje. Miré a mi alrededor y me descubrí sonriendo igual que los demás. Y me di cuenta que sí, que el desafío de esta andanza sanmartiniana «fue una de las mejores cosas que me pasaron en la vida».

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