1 de abril 2010 - 00:00

“¿A quién no le gusta caminarse todo Madrid?”

«Todavía quiero conocer Egipto, la India y el Tibet, aunque no sé si estará ya en mi destino de viajero, sostiene Rodolfo Bebán».
«Todavía quiero conocer Egipto, la India y el Tibet, aunque no sé si estará ya en mi destino de viajero, sostiene Rodolfo Bebán».
«De joven quería ser aviador para poder andar por el mundo. El deseo de viajar siempre estuvo en mí. Y creo que ser actor es otra modo de viajar por distintos mundos», dice Rodolfo Bebán, y comienza de inmediato a hilvanar recuerdos.

Periodista: ¿Viajó mucho?

Rodolfo Bebán: De joven fui muy viajero. A fines de los 50 me fui a España y me dediqué a recorrer a dedo casi toda Europa. Llegué al castillo de Frederiksborg en Dinamarca.

P.: ¿Qué ciudad recuerda más de aquel recorrido?

R.B.: Brujas, en Bélgica, Flandes, que me fascinó por su estética, su arquitectura, su arte, sus pintores como los Van Eyck que trabajaron de forma tan extraordinaria el clima de luces y sombras. Brujas tiene magia, encanto.

P.: De los países que visitó, ¿cuál pondría en primer lugar?

R.B.: España, sin duda, acaso porque estuvo unido a mi trabajo.

P.: ¿Aquel fue un viaje de iniciación, de ésos que se hacen para pasar de la adolescencia a la adultez?

R.B.: Yo había estudiado aquí en Fray Mocho, Pequeño Teatro, en el Teatro de Morón, donde empecé. En aquel viaje busqué asistir, aunque fuera como oyente, a cursos en lugares por donde pasaba. Por ejemplo en la Scala de Milán y en el Piccolo Teatro. En París fui a las clases que daba Jean-Louis Barrault, que estaba preparando el estreno de «El Rinoceronte» de Ionesco en el Théâtre de lOdéon. En ese periplo tuve la suerte de poder participar en «La Orestiada», que dirigía José Tamayo, y eso me hizo pasar a ser integrante de la compañía Lope de Vega y recorrer España y estar allí durante buen tiempo. Siendo joven son experiencias que te marcan, que uno no se olvida más.

P.: ¿Se le dio junto recorrer Europa y establecerse como actor?

R.B.: (ríe) Al principio no me salía nada. El primer año en España me fue difícil. Tengo un amigo, Luis Arana, un vasco profesor de filosofía y letras, y por entonces un muchacho que manejaba montones de idiomas y dialectos. Nos anotamos en una gran empresa para poder manejar juntos, y así recorrimos toda Europa. Y si no salíamos a la ruta, hacíamos dedo, y nos llevaban; ahora debe ser más difícil.

P.: ¿Hay algún lugar al que le gustaría volver?

R.B.: Al Teatro Romano de Mérida, en Badajoz, en España, donde hice «La Orestiada» de Esquilo. Un escenario que fue construido por Agripa hace más de dos mil años para seis mil espectadores, y el Anfiteatro, que creo mandó hacer Trajano años después para 15 mil personas era para lucha de gladiadores y bestias salvajes. Mi emoción fue impresionante. Estaba por salir cuando Electra llora ante Agamenón y no sabía si salir, me parecía una usurpación. Estaba en un tablado sobre un foso, y un coreuta me dice: «¿Sabe quiénes pasaban por ahí abajo? Los leones que salían a comerse a los cristianos».

P.: ¿Qué otros viajes le fueron importantes?

R.B.: Los que hice por nuestro país me marcaron. Amo el sur, y más que el sur cordillerano, el marítimo. Me fascina esa amplitud, esa cosa salvaje que tiene la estepa patagónica, y conjuntamente esa sensación de soledad, de inmensidad. Para instalarme elijo Puerto Madryn, Ushuaia, que ofrecen todas las comodidades, que el turismo ha transformado y modernizado.

P.: ¿Qué lugares le quedan pendientes?

R.B.: Me gustaría ir a Egipto, a la India, al Tíbet, pero no creo que entren ya en mi destino de viajero. Y si se diera alguno, haría como siempre: llegar y salir a recorrer. Los lugares que uno quiere conocer, como dijo Unamuno, tiene que conocerlos caminando. Es lo que me gusta hacer. ¿Cómo alguien no va querer caminarse todo París? ¿A quién no le gusta caminarse todo Madrid, toda Barcelona? Después, vienen los lugares. En Madrid solía instalarme en El Prado frente al Cristo de El Greco, con ese golpe de pincel blanco que le puso en la pupila y hace su mirada melancólica, resignada, profunda. Después estaban los cuadros negros de Goya, los mantos de Zurbarán y Velázquez menos, porque es un pintor intelectual, un maestro de pintores, que está lejos de mi sensibilidad.

P.: ¿Un lugar del corazón?

R.B.: Donde me crié. Nací en Ciudadela y me crié en Morón. Allí descubrí todo, la vida, mi profesión. El Teatro de Morón es donde pude soñar. No pensaba ser actor, quería ser piloto de avión y recorrer el mundo. El tema de los viajes estuvo siempre en mí. Pero fui a acompañar a un amigo y necesitaban extras para «Fuenteovejuna». En esa escuela daban clases Ernesto Bianco, Fernando Labat, María Elena Sagrera, y el director era Pedro Escudero, nada menos. Yo apuntaba bien, al punto que me ofrecieron un pequeño personaje en una obra que estaban preparando. Un día Ernesto Bianco me pregunta: «Rodolfo Tilli, ¿es algo de Miguel Tilli?» Es mi padre le contesté. «Entonces, usted es Rodolfo Bebán, porque su padre es el actor Miguel Bebán». Con mi padre habían sido compañeros, fueron los galanes jóvenes de la Comedia Nacional de los años 40.

P.: ¿Qué piensa de la invasión de turistas?

R.B.: Me parece merecida. Y el país se merece 2 o 3 veces más porque tiene todo lo que a un turista le puede interesar: paisajes, deportes de invierno, pesca, caza, ballenas, el norte deslumbrante, la Mesopotamia con las cataratas, Córdoba, los glaciares, Ushuaia. Es por eso que a los que vienen les gusta volver. Pero eso, puedo dar testimonio, es desde siempre.

Entrevista de Máximo Soto

Dejá tu comentario