21 de enero 2010 - 00:00

¿A quién va a sacrificar Obama?

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
¿Otra rebelión en Boston? No es, por cierto, el «motín del té». La embestida de los ciudadanos, esta vez, pacífica y en las urnas, fue contra la reforma del régimen de salud, la ley estandarte de la administración Obama. Pero, como antaño, lo que de veras está en juego es mucho más profundo. Y sería un error pensar que los ánimos levantiscos se agotan en Massachusetts.

Perder la llamada banca Kennedy -que Ted, el hermano menor del clan, ocupó sin disputa y a sus anchas durante 47 años- es un durísimo revés para el Gobierno. La derrota -inesperada hasta diez días atrás- tiene un dueño exclusivo: el presidente Obama. Y ocurre, en parábola fulminante, exactamente un año después de su asunción. Como corolario directo, la supermayoría demócrata de los 60 votos en el Senado se hizo añicos. La ofensiva de «blitzkrieg» para obtener la sanción de la reforma de salud -a más tardar en febrero- hace agua. Salvar el mascarón de proa del Gobierno es todavía posible -bastaría con votar en Diputados la versión aprobada en el Senado, sin introducir cambios-, pero las prioridades se alteraron drásticamente. Ya no urge defender los emblemas, sino evitar lo que parece un seguro naufragio contra los acantilados de las elecciones legislativas de noviembre.

Alarma

Massachusetts no es el Waterloo de Obama. Pero tampoco quien arrebató la senaduría, el ignoto Scott Brown, es el Duque de Wellington. Ya el año pasado las derrotas en las elecciones a gobernador de Nueva Jersey y Virginia sonaron la alarma. Ocho apariciones personales del presidente Obama en dichas campañas -contadas escrupulosamente por Karl Rove, quien fue el monje negro del Gobierno de Bush Jr.- no impidieron los triunfos republicanos. El fin de semana, Obama apostó fuerte en un bastión que podía considerar propio, como Massachusetts. Con idéntica frustración. La estrategia, pues, no funciona. La magia personal se esfumó. Y 2010 es, ante todo, un año electoral. La buena noticia para los demócratas es que el golpe llega a tiempo para montar otra agenda y ensayar una reacción. La próxima batalla, pues, será puertas adentro del propio partido. Son palabras del senador Evan Bayh de Indiana: «El partido debe repensar todo su enfoque de gobierno». Si después de Nueva Jersey y Virginia se pidió la cabeza del secretario del Tesoro, Tim Geithner, debe darse por sentado que las discusiones serán más que ardorosas. Ningún legislador con una banca en juego aceptará quemarse a lo «bonzo» (tras chamuscarse, el año pasado, defendiendo la reforma de la salud). Así, Obama deberá extremar su cintura para evitar el desbande de su propia tropa.

Las consideraciones políticas son muchas, pero las económicas son igualmente vastas. Y, con frecuencia, se entrecruzan. Ya se escuchan las voces que critican una agenda centrada en el régimen de salud en vez de la creación de empleo, como si frenar la recesión -y encender la recuperación de la economía- no fuese una contribución decisiva. Pero, guste o no, el votante es el árbitro final. Y, por lo visto, no está dispuesto a concederle una medalla a Obama por haber evitado la Gran Depresión. En cambio, lo castiga con dureza por la pérdida de puestos de trabajo, aunque ésta se modere, al punto de premiar a los republicanos, de quienes -no cabe duda- heredó el embrollo. El Congreso, pues, sancionará pronto un paquete de apoyo a la creación de empleo. Obama impulsó la iniciativa cuando la tasa de desocupación cruzó el umbral del 10%. La foto ya está pensada: serán 150 mil millones de dólares, lo único que falta -pequeño detalle- es definir el contenido.

Como se ve, el Congreso asumirá un papel protagónico. Y no es un asunto menor. La confirmación de Ben Bernanke al frente de la Fed, por ejemplo, es todavía tema que debe resolver, en el marco de un trasfondo inédito de fuerte oposición. La reforma del sistema financiero -que avanza en ambas Cámaras- augura otro torrente de novedades importantes. ¿Se pondrá la política monetaria de la Fed bajo la lupa de una agencia del Congreso, la Oficina de Contabilidad del Gobierno (GAO)? Bernanke, que no será político, pero tampoco duerme sobre una estera, ya ofreció, el fin de semana, que la GAO revise todo lo actuado en el controvertido salvamento de AIG (un dolor de cabeza compartido con Geithner).

Iniciativas

La tirria sobre todo lo que huela a bancos dará origen a un capítulo frondoso de iniciativas. Ya se dijo antes: crecen las chances de que la reforma de la arquitectura financiera provenga, no de los grandes proyectos de diseño de autor del G-20, como de la enjundia de los albañiles del Congreso, y en respuesta a la ira de sus votantes.

Por último, el propio Gobierno -cuando redefina su agenda- volcará nuevas influencias. ¿Conservará a Geithner o preferirá tomar oxígeno renovando el gabinete? ¿Mantendrá la política económica? Si quiere mantener su predicamento, algo deberá cambiar. Y todo indica que así será. El anuncio del impuesto a los pasivos excedentes de los bancos es la mejor indicación de que el proceso ya comenzó. Y avanza por los carriles esperados, los de una búsqueda ansiosa por cerrar rápido la brecha del respaldo popular.

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