10 de julio 2012 - 00:00

“Actuar en el Globe fue lo más fuerte de mi carrera”

Rubén Szuchmacher estrena el viernes en el Teatro Regio «Enrique IV, segunda parte». Al lado, una imagen de su puesta en el Globe Theatre inglés, donde presentó la obra.
Rubén Szuchmacher estrena el viernes en el Teatro Regio «Enrique IV, segunda parte». Al lado, una imagen de su puesta en el Globe Theatre inglés, donde presentó la obra.
Después de su participación en el «Globe to Globe, Cultural Olympiad 2012», maratón inglesa que consistió en la representación de la totalidad de las obras de Shakespeare en el Teatro del Globo, montadas en 37 lenguas diferentes por elencos de todo el mundo, Rubén Szuchmacher, que reprentó a la Argentina, estrenará en el Regio el próximo viernes la obra que llevó a esa manifestación, «Enrique IV, segunda parte».

El mismo director se ocupó de la presente versión junto a Lautaro Vilo, traductor del texto e integrante del elenco junto a Horacio Peña (como Falstaff), Horacio Acosta, Graciela Martinelli, Irina Alonso, Julián Vilar, Francisco Civit, Paul Mauch, Eduardo Peralta, Miguel Rausch, Daniel Ridolfi, Alfredo Staffolani, Rubén Dellarossa, Carlos Sims y Alejandro Vizzotti. La obra presenta al Príncipe Hal y a su padre, el rey Enrique IV, preparando una batalla para someter a los rebeldes de Gales. Hal se ha convertido en un mejor soldado y esto lo aleja cada vez más de sus antiguos compañeros de juerga, encabezados por el pícaro John Falstaff. Tras la muerte de su padre, Hal accede al trono como Enrique V y decide abandonar para siempre a sus compinches y los placeres de su juventud.

En Londres, Szuchmacher formó parte del elenco, pero ahora prefirió bajar del escenario para concentrarse en la puesta que estrenará en el Regio: «No quise perder la oportunidad de actuar en el Globe Theatre (una réplica del que funcionó en tiempos de Shakespeare). Fue la emoción más fuerte de toda mi historia teatral», confiesa. Dialogamos con él.

Periodista: Una crítica londinense señaló que su puesta y la de México eran auténticos «macho plays», con hombres bebiendo y pavoneándose, haciendo chistes groseros y mintiendo para ganar poder e influencias.

Rubén Szuchmacher: Ah, sí. Odié esa crítica. ¡Pero, de qué macho play habla, si todo eso está en el original! Se ve que esa mujer no se ocupó de leer ni la primera ni la segunda parte de «Enrique IV».

P.: También le llamó la atención escuchar tantas veces la expresión «hijos de puta».

R.S.: ¡Qué genial! Eso también está en el texto. Hay una cantidad de insultos increíble. Todo el tiempo están diciendo «ese hijo de puta...», en el original figura «whores son»,

y desde luego no «son of a

bitch», que es una expresión más moderna.

P.: Por último ¿Está de acuerdo en que su puesta transmite la idea de un país gobernado por fantasmas y chantas, con una corte siniestra de conspiradores y un servicio secreto de hombres sin rostro?

R.S.: Sí, eso está, claramente. A los mexicanos les dieron la primera parte y a mí la segunda porque consideraron que la historia de Falstaff era ideal para los latinos. La puesta mexicana resultó más convencional, tal vez porque la primera parte tiene una intriga y la segunda carece de ella.

P.: ¿Cuál de las dos obras es mejor?

R.S.: Es difícil determinarlo. En la segunda parte hay tres actos en los que no pasa nada en un sentido shakespeariano. Dicen que fue escrita para continuar con las trapisondas de Falstaff de la primera parte. Hay también una conspiración que viene de antes, pero no tiene ningún desarrollo. No hay batallas, los conspiradores se entregan de inmediato, todo es medio facilongo. En compensación, hay dos escenas magníficas: la discusión entre el rey y el príncipe, cuando el padre se despierta y ve que el hijo tomó su corona. Y la escena de la «rejection», donde el nuevo rey destierra a Falstaff, su antiguo compañero de juergas.

P.: ¿Tuvo que condensar algunas escenas?

R.S.: No. Al igual que en «Rey Lear» hicimos un peinado del texto, pero la estructura de la obra quedó tal cual. No sacamos ni un personaje, porque así lo exigió el Globe, pero suprimimos las reiteraciones, cortamos las citas históricas que el espectador de acá desconoce y además no le interesan. Nuestra versión está ambientada en una especie de «nowhere land», con un lenguaje neutro donde no hay ni «che», ni «vos».

P.: ¿Cómo es Falstaff?

R.S.: En la imaginería inglesa es un vivillo. Tiene tendencia a la ostentación, a formular esas falsas promesas de «yo te arreglo todo».

P.: ¿Aquí lo tildaríamos de corrupto?

R.S.: No. No llega a tanto. Tiene algunos rasgos de corrupción, pero también tiene la sabiduría del viejo Vizcacha. Está más cerca del chanta, del que cambia de opinión como un panqueque para su propio beneficio. Por eso Falstaff funciona tan bien desde una perspectiva argentina. Y en algunos momentos también dice cosas muy inteligentes.

P.: ¿Qué posición tomó con respecto a Enrique V?

R.S.: Los ingleses lo aman. Para ellos es un modelo, porque es el príncipe tarambana que luego se redime y se convierte en un gran rey. Para nosotros, en cambio, es un tarambana que se vuelve imperialista. Recordemos que el rey Enrique IV le da este último consejo: «Lo que hay que hacer son guerras para hacer callar a los enemigos». Ese texto que para los ingleses puede ser el pensamiento de un héroe para nosotros es el de un depredador que va a salir a dominar y destruir. La puesta es bastante irónica al respecto. Por ejemplo, en la escena de la coronación aparecen cuatro boludos agitando banderitas inglesas.

P.: ¿Y cómo reaccionó el público londinense?

R.S.: La gente no podía parar de reírse, otros aplaudían excitados. Pero, durante la fiesta de despedida, uno de los directores del Globe comentó: «Yo nunca pensé que iba a ver argentinos, en pleno Londres, agitando banderitas británicas». Y yo me reí con él mientras pensaba: «¡Mirá cómo los afectó eso!».

Entrevista de Patricia Espinosa

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